Era previsible, abierta ligeramente la mano para que los niños salgan a la calle, cada uno clama ahora por su particular desconfinamiento, mientras todos los sectores económicos se lanzan a la yugular del Gobierno pidiendo justamente lo que no debemos hacer: una salida precipitada que nos abocará indudablemente a un rebrote de contagios.
Y, como también era previsible, la presión sobre Pedro Sánchez le está obligando a que los criterios económicos cobren peso frente al de los técnicos y se vayan relajando las medidas para que la actividad económica comience de nuevo, aunque sea tímidamente.
Todos sabemos que el famoso plan de desescalada arroja enormes incógnitas, muchas contradicciones y hasta errores de bulto, pero está resultando cansino, y una injusticia flagrante, que partidos de la oposición y algunos presidentes autonómicos se pasen el día criticando, los primeros, y discrepando, los segundos, solo por erosionar la credibilidad del Gobierno. Este virus no viene con manual de instrucciones y cualquiera que estuviera al frente del país iría a ciegas y cometería errores.
El mayor error de Sánchez no está siendo, sin embargo, la cuestionado desescalada, sino su debilidad a la hora de recordarle al resto del país, incluso alzando la voz, que esto sigue siendo una guerra, la misma guerra, y que hasta el momento solo vamos ganando la primera batalla, la de la cuarentena, que ni tan siquiera ha terminado aún.
En lo que a nosotros, los andaluces, respecta, el presidente autonómico, Juan Manuel Moreno, crecido por unos datos sobre la pandemia que no son los peores de España, está cometiendo el error de creer que ha sido su gestión y no las circunstancias geográficas y climatológicas de nuestra autonomía, lo que ha contribuido principalmente a un número de contagios asumibles. Hasta el momento.
Pretender una vuelta a la normalidad acelerada con la vista puesta en salvar el verano de cara al turismo es una falacia de una ingenuidad infantil. Y las quejas de los negocios sobre la forma del desescalada son puñetazos al viento.
El turismo internacional no va a venir, y no debe venir. Y los nacionales no deberíamos siquiera poder movernos entre provincias hasta que no tengamos una seguridad mucho mayor ante la posibilidad de otro brote epidémico.
Hay que decir, sin embargo, que este efecto es común entre poblaciones civiles sometidas a conflictos bélicos. Superado el momento de máximo peligro, empiezan a preocuparse de sus existencias como lo que son, civiles, relajando su propia seguridad y convirtiéndose, de nuevo, en un blanco fácil.
Si entramos en esta dinámica de precipitación con el desconfinamiento, volveremos a ver ataúdes acumulados en el Palacio de Hielo de Madrid.
Es muy comprensible la preocupación de todos los sectores económicos pero, como ya hemos comentado alguna que otra vez, aquí no se trata de saber cuánto puedo aguantar antes de que mi negocio quiebre, sino de si prefiero salir de esta guerra pobre o muerto.
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