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Por Fin
Domingo, 26 de Abril de 2020

Hasta que no nos distanciemos más en el tiempo no podremos analizar con la perspectiva correcta qué hicimos bien y qué hicimos mal al enfrentarnos a la actual pandemia. No obstante, algunos indicadores apuntan ya a que no vamos a corregir nada que convierta la España poscoronavirus en mejor que la de hoy.

En estos momentos la mayor parte de la población sigue deslumbrada por los gestos y símbolos de la campaña oficial de comunicación diseñada para conducir a los españoles a respetar este confinamiento de forma voluntaria.

De ahí tanta referencia a la solidaridad, a que somos un equipo, a que nadie se va a quedar atrás, el lenguaje bélico del presidente del Gobierno, los aplausos ordenados a determinadas horas por esto o aquello y el resto del atrezo normal que acompaña a la propaganda en tiempos de guerra.

Sin embargo, por su propia naturaleza, el efecto de un deslumbramiento es efímero. En este caso solo necesita prolongarse lo necesario para controlar la propagación del virus sin provocar una rebelión popular, que es lo que realmente teme cualquier Gobierno en esta situación.

Por eso, aún no han sido muchos españoles, probablemente solo los que llevaban gafas de sol en el momento del fulgor, los que han visto con desconfianza que, mientras aplaudimos obedientemente cada tarde a las ocho a los “héroes” del sistema sanitario, ese mismo sistema los está volviendo a enviar a la cola del paro.

No se están renovando contratos porque ya no hacen falta, ni se han subido mínimamente las lamentables retribuciones que tradicionalmente reciben en la sanidad pública. Aquellos estudiantes a los que hubo que recurrir cuando las cosas se pusieron feas, vuelven ahora a sus vidas sin que el mal trago que han pasado les haya servido nada más que para arriesgar la vida cada día.

El Gobierno “progresista” de Pedro Sánchez ha evitado intervenir los precios, cosa que debería haber hecho el primer día del confinamiento, y hemos visto cómo sectores y servicios esenciales, empezando por la alimentación, se han convertido en lucrativos pelotazos mientras agricultores, ganaderos y pescadores advierten de que ellos siguen cobrando lo mismo o menos que antes de la pandemia. Y continuamos sin que nadie nos aclare quién, en toda esa cadena de intermediarios, se está llevando el dinero.

Lo de los precios de las mascarillas y geles desinfectantes, no solo ha sido tardío y anecdótico, cuando el pelotazo ya se había consumado, sino que, además, las pérdidas que se produzcan ahora las van a asumir los farmacéuticos, no quienes han especulado y se han enriquecido con esos productos sanitarios.

Tampoco ese esfuerzo común tan reclamado por Sánchez a los ciudadanos, ha sido extensible a las grandes compañías de electricidad, a las petroleras y a las de gestión del agua, que siguen cobrando sus servicios con los abusivos precios de siempre. La única gran medida es que puedes pagar más tarde, pero pagas el cien por cien, sin que a nadie le importe que tus ingresos pueden ser en estos momentos el cero por ciento.

Nada nuevo que decir sobre nuestra parasitaria banca, que sigue volando en círculo sobre una población económicamente exhausta.

Estos son solo algunos de los indicadores que aventuran que la España poscoronavirus, una vez que se extinga esa potente luz que ciega momentáneamente a la población, será aún más injusta, desigual e inmoral que la que estamos dejando atrás.

A día de hoy, los únicos a los que se les ha exigido un sacrificio de verdad para afrontar esta crisis, ha sido a esa gran parte de la población a la que la factura siempre le sale a pagar, a los mismos de siempre.

Aunque hay que reconocer que Pedro Sánchez no ha mentido: Ha prometido una “nueva normalidad”, no una normalidad mejor.


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