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Martes, 14 de Abril de 2020

No tiene sentido que hasta el presidente del Gobierno se refiera constantemente a la lucha contra el coronavirus en términos militares y que, sin embargo, la respuesta que está dando todo Occidente a la pandemia sea únicamente civil.

Utilizar a las Fuerzas Armadas para desinfectar o para hacer de policías, aunque útil y necesario en estas circunstancias, no desvirtúa el hecho de que la solución al problema sea principal aunque no únicamente, sanitaria.

Algún lector se preguntará si existe otra forma de vencer a una enfermedad que no sea a través de la medicina. No, no la hay. Pero los profesionales de la sanidad solo pueden enfrentarse a un problema de salud cuando se trata solo de un problema de salud, no cuando la amenaza no está diseñada únicamente para hacer enfermar a la gente, sino a los países y, sobre todo, a sus economías, alterando así el equilibrio geoestratégico existente y haciendo ganar a alguien la partida solo porque ha jugado con cartas marcadas.

Sorprendentemente, nadie en ningún Gobierno occidental quiere hacer la gran pregunta y Pedro Sánchez hasta parece disgustado cuando alguien insinúa que, a lo mejor, esto no es solo casualidad. Resultando su actitud aún más extraña cuando él mismo advirtió hace pocos días de que esta no va ser la última ocasión en que nos encontremos con una amenaza vírica de estas características.

No es la primera vez que China exporta enfermedades a nivel planetario en los últimos años, aunque sí es la primera vez que las consecuencias son tan graves. Sin embargo, sorprende la eficacia con la que el país ha controlado el problema, acotándolo rápidamente a una pequeña parte de la población en una sola provincia -aisló a menos del 10% de sus ciudadanos- y sin afectar apenas a su capacidad económica.

Este virus, además, resulta extremadamente útil para socavar las capacidades de cualquier nación y cumple características militares de libro de texto: rápida y fácil propagación, manda a la gente a los hospitales y no la mata rápidamente, obligando al país que lo sufre a destinar ingentes recursos materiales y humanos para cuidar de los enfermos que, además, tardan bastante tiempo en curar, si es que no mueren.

Para un atacante, cargar al enemigo de heridos es militarmente mucho más eficaz que provocarle bajas mortales.

Además, para vencerlo, lo único que podemos hacer es encerrarnos, separarnos y cesar toda actividad productiva. Empobrecernos en definitiva.

La amenaza se oculta también entre personas que ni siquiera saben que son caballos de Troya, que portan y contagian la enfermedad entre los suyos. Unos porque la pasaron sin saberlo y otros porque ni tan siquiera tienen síntomas.

Eso es táctica.

El resultado nos lo ha contado hoy el Fondo Monetario Internacional al calcular la caída del PIB español en un mínimo del 8% y un repunte del desempleo hasta casi el 21%. El más grave empobrecimiento del país desde la Guerra Civil. Y esos datos, como demostrarán los hechos, son optimistas.

El resto del mundo occidental no sale mucho mejor parado que nosotros y solo, precisamente, China ha aguantado bien el tirón, recuperará su crecimiento cercano a dos dígitos en menos de un año y, sin duda, se convertirá en “la potencia” mundial. Sin olvidar que su aliado ruso ganará también posiciones en el pódium del poder global.

Eso es estrategia.

Al parecer nadie puede afirmar con total certeza si este coronavirus mutó en la naturaleza o en otro sitio, aunque sí esta claro que todos los gobiernos occidentales, empezando por el nuestro, deberán tener en cuenta en el futuro todas las opciones para que la próxima vez que esto suceda, que sucederá, no vuelvan a bombardearnos sin declararnos la guerra y tengamos nuestro propio Pearl Harbour.


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