Sabemos que estamos en tiempos de “río revuelto”, y sabemos también que hay muchos pescadores aprovechando estas aguas revueltas. El Estado, el nuestro, es el primero que apunta maneras que pueden representar una amenaza para los derechos y libertades de los ciudadanos cuando regresemos a la normalidad.
El laboratorio que la actual situación de alarma está representando para los gobernantes les está ofreciendo el termómetro de hasta cuánto está dispuesta a aguantar la población, aunque aún resulta más inquietante el anuncio del Ministerio de Economía de que controlará los movimientos de los ciudadanos sirviéndose de los dispositivos de geolocalización que llevan nuestros teléfonos móviles y utilizando software de big data, que permite obtener inteligencia -en sentido conceptual-, mediante el uso de algoritmos que manejan cantidades ingentes de datos a una velocidad que parece ciencia ficción.
Según la versión oficial, esto se hará excepcionalmente para comprobar movimientos poblacionales en relación con el mapa de propagación del coronavirus. Por supuesto, todo de modo anónimo o, al menos, eso es lo que asegura el Gobierno.
Aunque quizá sea más apropiado hablar de Estado y no de Gobierno. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias no son los secuaces de Spectra que intentan someter a la Humanidad; en realidad la mayor parte de los socios europeos y, desde luego, Rusia, China y Estados Unidos, están aprovechando también la excepcionalidad de la situación para hacer pruebas con los ciudadanos confinados en esos laboratorios vacíos en los que se han convertido nuestros países.
En la actual situación, desaparecidos o, cuando menos relajados, buena parte de los mecanismos de control del poder que suele tener cualquier democracia, es peligroso que el gobernante tenga la posibilidad de comprobar cómo funcionan las herramientas del poder absoluto.
Si en el supuesto Estado de Derecho en el que hemos vivido hasta ahora, pudimos comprobar que la corrupción es el mayor problema de nuestro poder político, corremos ahora el riesgo de volver a hacer realidad las palabras de Lord Acton: “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”.
Una vez que termine esta pandemia, será difícil que los gobernantes vuelvan a guardar una herramienta, un arma en realidad, que otorga una información tan completa sobre cada individuo y el control físico del mismo.
Es darle a un león carne humana en un momento de emergencia y pretender luego que no se coma a la gente.
Que el poder legítimo se autolimite para no perder esa legitimidad, implica necesariamente que sea ejercido por personas de una talla moral desconocida en la clase política española. Probablemente en la de todo el planeta.
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