Cada minuto resulta más obvio que nuestros gobernantes y autoridades competentes no están diciendo toda la verdad sobre la auténtica situación que estamos viviendo, ni sobre los riesgos o la peligrosidad real del coronavirus que ha hecho trizas nuestra forma de vida con más rapidez que una guerra convencional.
Aún preocupa más ver que los demás gobiernos del mundo están haciendo lo mismo, lo que hace temer que esta amenaza vírica sea mucho más seria de lo que arrojan los datos que se publican.
Es curioso, sin embargo, que las grandes mentiras han sido históricamente más fáciles de mantener que las de menor envergadura. Por eso, probablemente, muy poca gente se habrá creído los argumentos del rey Felipe cuando dice que no tiene nada que ver con los chanchullos de su padre de los que era beneficiario. La explicaciones o justificaciones una vez que te han pillado no tienen demasiado sentido.
Sin embargo, cuando se trata de una trola magistral, de esas de tamaño cósmico, los engañados necesitamos creerlo, porque sabemos que admitir otra opción, la misma duda incluso, significaría el final de nuestra forma de vida, de la que fue nuestra realidad hasta ayer y que pretendemos que lo siga siendo mañana.
Da igual que los hechos, los datos y el mismo sentido común nos estén dando collejas. Que no comprendamos este caótico confinamiento nacional, las constantes amenazas a los ciudadanos si osan incumplirlo; la toma de las ciudades por funcionarios armados y militares que vienen a realizar una labor de apoyo a las fuerzas del orden y a tareas sanitarias, aunque armados con fusiles de asalto, que no parecen demasiado útiles para combatir el virus.
Tampoco importa que no lleguemos a entender cómo nuestro sistema de salud se ha visto desbordado de un modo tan rápido como aplastante por una enfermedad que arroja un nivel de contagio y de letalidad que no se acerca ni remotamente al de una gripe común. O eso es, al menos, lo que nos cuentan.
Ni tan siquiera queremos cuestionarnos esa solidaridad oficial de “cartón piedra”, que acaba de salir de la factoría Disney estatal, para convencernos de que lo que nos dicen sobre esta enfermedad "tiene que ser" verdad.
No está claro si este montaje está motivado porque, a modo de despotillas ilustrados, nuestros “amados líderes” pretenden protegernos de una realidad inasumible. O si se trata de justificar otra futura jornada planetaria de realización de beneficios para, al igual que en la crisis anterior de la que aún no hemos salido, volver a pasarle la factura a esos pringados que antes nos denominábamos clase media.
También, a pesar de los acontecimientos, es posible una tercera opción en la que la verdad sea simplemente lo que nos están contando. No se puede descartar.
Sea cual sea la respuesta correcta, parece prudente en las actuales circunstancias reformular la cita bíblica de "la verdad os hará libres", añadiendo que también infelices y tener muy claro que, aunque esto se superará, nunca volveremos a donde estábamos.
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