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Por Fin
Viernes, 13 de Marzo de 2020

Con lo del miedo a resultar políticamente incorrecto y bajo la inquisitorial amenaza de ser tachado de algo que termine en “fobo”, medios de comunicación y administraciones han machacado con el mantra de que lo del Covid19 no es un problema de China sino global, porque los virus no entienden de fronteras.

El planteamiento es un sofisma expuesto de forma deliberadamente torticera y, por supuesto, falso. La culpa del coronavirus, de confirmarse que el origen está en la incontrolada venta de animales vivos de todo tipo en los mercados del país, es completamente de China como Estado. No de los ciudadanos chinos, sino de sus gobernantes y administraciones que siguen permitiendo -recordemos que no es la primera vez que nos encontramos con algo así made in China- el descontrol sanitario que suele estar en el origen de estas situaciones.

El problema es que China juega a la globalización con cartas marcadas: adopta del triunfante neocapitalismo solo los derechos, pero no las obligaciones. Obviamente esto le permite competir en condiciones de desigualdad con el resto de las economías del planeta. Si los empresarios europeos pudieran contratar personal en las condiciones en las que lo hacen sus colegas chinos, saltarse las medidas de seguridad y salud laboral, ignorar los controles de calidad y todas esas numerosísimas normas y condiciones que se imponen al que fabrica o vende cualquier cosa en Occidente, es seguro que nuestros productos serían mucho más baratos y las pandemias mucho más numerosas.

Por supuesto, sin comentarios sobre el respeto de la economía china a la legalidad en materia de propiedad intelectual e industrial, en patentes y marcas.

En nuestro país tenemos el reciente caso del brote de listeriosis en Andalucía; en cómo un problema de salud pública surgió de la comisión de un delito contra esas normas de higiene alimentaria, de cómo el sistema público de seguridad sanitaria actuó en respuesta, controló y suprimió el brote de forma razonablemente diligente y con daños personales y materiales bastante reducidos. Además, los responsables están siendo juzgados y es muy probable que terminen siendo encarcelados como cualquier delincuente común.

Esto fue posible porque respetamos las normas del juego.

Y si alguien está pensando en esgrimir el caso de la colza en descargo de la responsabilidad de China como Estado, recordarle que no estamos en 1981.

En China, el médico que dio el primer aviso de la aparición del coronavirus fue arrestado y acusado casi de todo por el Estado, y ahora está muerto.

Además, fue el Estado el que no hizo nada durante más de un mes ante la evidencia de la epidemia contando con que la habitual opacidad y los abusos que Occidente siempre permite a China, acabarían nada más que con unos cuantos miles de chinos muertos. Un coste que históricamente resulta bastante asumible para los gobiernos de ese país.

Sin embargo, es cierto que la actitud de la economía china del “todo vale con tal de ganar” no sería posible sin la pleitesía mundial hacia su dinero y hacia su mil y muchos millones de consumidores deseosos de comprar todo lo que procede de Occidente.

Son nuestros gobiernos, los de Occidente y no el chino, los que permiten todos estos excesos sin rechistar ante el temor de que Pekín se enfade y nos aparte del banquete. Y por eso no tenemos derecho a quejarnos.


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