Como era previsible, empiezo a leer informaciones en prensa que apuntan a un agotamiento progresivo de la ciudadanía europea en lo que respecta a la solidaridad hacia Ucrania ante la invasión rusa y es que, como ya planteó un analista hace unos cuantos meses, lo que tenemos que pregutarnos es quién aguanta más, nosotros el frío o los rusos el hambre.
No obstante y a pesar del lavado de cerebro diario al que nos someten Estados Unidos, la OTAN, nuestros gobiernos y las instituciones de la Union Europea, lo que cada vez vemos más claro es que esta es una guerra de mentiras. Y no parece que seamos nosotros, los defensores de las libertades y de la democracia, los que menos uso estemos haciendo de la desinformación.
Esta es una guerra que no estamos viendo, porque Ucrania, asesorada por Occidente, está poniendo especial empeño en que los medios de comunicación no puedan hacerse eco de lo que está pasando en el campo de batalla. La información y las imágenes que estamos recibiendo en Occidente sobre el conflicto están tan censuradas y manipuladas de un modo tan burdo como evidente, que el ejercicio de desinformación es solo superado por los aún mas burdos tejemanejes de Moscú al respecto.
Y teniendo en cuenta que aquí miente todo el mundo y que son las grandes empresas energéticas y los Estados Unidos los principales beneficiarios económicos del conflicto, quizá nos convendría plantearnos si no es el momento de que Europa le diga a Naciones Unidas que debe empezar hacer el trabajo por el que le pagamos tantísimo dinero.
Porque la gran ausente desde que comenzó la invasión de Ucrania sigue siendo la ONU, sin que el papel de perenne llorona que hace su secretario general, António Guterres, esté sirviendo en absoluto para canalizar una solución al conflicto.
De hecho, Naciones Unidas ha tenido buen cuidado en no entrometerse mientras ya son muchas más de 100.000 -ni tan siquiera tenemos datos sobre el número de muertos- las vidas ucranianas y rusas truncadas en una guerra que se ha convertido en el gran negociazo del siglo XXI, por encima del desfalco a las arcas públicas orquestado por los bancos en la burbuja inmobiliaria de 2008.
Y el gran negocio en este conflicto no son las armas que, aunque enormemente lucrativo, convierte en juego de niños los beneficios de las compañías energéticas, que han utilizado la coartada ucraniana para estar esquilmando a gran parte de las familias del planeta con una actualización energética del binomio mafioso "plata o plomo". Ahora se trata de "plata o frío". El problema es que hay muchos millones de familias que no tienen la plata.
Y resultando obvio que nuestros corruptos gobiernos europeos y las igualmente corruptas instituciones de la Unión Europea están al servicio de las empresas que están chantajeando a los ciudadanos con los precios de la energía, lo que aún sorprende es que las Organización de las Naciones Unidas siga levitando sobre el problema, ajena al conflicto, ajena al sufrimiento y a la hambruna que su indolencia está permitiendo, cuando no propiciando.
Si el pusilánime António Guterres va a permitir que el frío y el hambre se conviertan en armas de guerra, quizá lo mejor sería ahorrarnos el milmillonario presupuesto de la ONU, disolver esa merienda de negros, mandar a todos sus ineptos funcionarios al paro y admitir abiertamente que en el mundo de mierda que hemos creado la única ley que impera es la de la selva.
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