Nunca he comprendido ni compartido la importancia que se le da actualmente en la vida pública a lo de pedir perdón por cualquier cosa. Políticos y famosos de todo pelaje están moralmente obligados a pedir una clemencia ornamenal ante las cámaras por acontecimientos pasados o presentes, fueran o no responsables de los mismas y hubieran nacido o no cuando sucedieron.
El caso del viaje “penitencial” del Papa Francisco a Canadá para pedir el repetitivo perdón a los indios por lo que sucedió en los internados desde finales del siglo XIX hasta finales del XX, donde se pretendió que los niños indios olvidasen que lo eran, es solo el último ejemplo del estricto cumplimiento de esa norma de la corrección política, que obliga al personaje público a realizar actos de contrición ante los periodistas por cualquier actitud/decisión/acontecimiento que esa misma corrección política considere inapropiados/deleznables/repudiables en la actualidad.
No entiendo la insistencia en exigir que Bildu o los etarras pidan perdón por los crímenes cometidos cuando, si lo hacen, es solo porque las circunstancias obligan, si, en realidad, todos sabemos que les importa una mierda cuántas vidas destrozaron. ¿Para qué sirve esa petición de perdón?
Tampoco entendí que el vergonzante rey emérito pidiera el perdón de los españoles porque le pillaran con su amante matando elefantes o algo así, mientras seguía trincando comisiones y defraudando a Hacienda. Sí hay que reconocerle al emérito que lo suyo es vocacional.
Mejor aún es el arrepentimiento de los políticos cuando les pillan en una ilegalidad o, casi peor, se les escapa cualquier comentario contrario a los dogmas de la corrección política.
Una palabra más alta que otra que afecte a temas como sexo, religión, raza, etnia o igualdad termina siempre con el personaje en acto de penitencia pública, cargando con gesto dolorido la fingida cruz de la culpa ante el puñado de inquisidores soplagaitas que le contemplan y reprueban desde las gradas.
Sigo sin entender por qué el Papa de hoy debe pedir perdón por algo que sucedió cuando ni tan siquiera había nacido, ni entiendo por qué, siendo así, no pide perdón a todas las víctimas de la Inquisición, las Cruzadas, la evangelización a golpe de espada y tantos otros excesos cometidos desde el principio de los tiempos por cada uno en su momento histórico.
Y es justamente ahí donde está la ridiculez de la política de petición pública de perdón. Es de estúpidos pretender pasar los acontecimientos de siglos atrás por los parámetros de lo que es correcto o adecuado en la actualidad. Nos pasaríamos pidiéndonos perdón los unos a los otros el resto de nuestra existencia.
La segunda debilidad estructural que presenta esa figura de la contrición pública y mediática es el fingimiento.
Los personajes públicos que aparecen lloriqueando en la tele pidiendo perdón por lo que toque, solo lo hacen una vez que les han pillado en el corral robando las gallinas y, desde luego, mienten cuando apelan a la indulgencia de los ciudadanos porque, en realidad, lo único que les parece imperdonable es que les hayan trincado con las manos en la masa. Que es cuando se prometen que no volverá a suceder. Lo de dejarse pillar, no lo de las gallinas por supuesto.
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