Volvemos a estar en una de esas dinámicas en las que ir contra lo que se ha establecido como políticamente correcto puede condenar a cualquiera al proceso de estigmatización, seguido del auto de fe por parte de los que se consideran progres y grandes demócratas y a la final expiación de los pecados en la pira purificadora.
Porque lo de los refugiados ucranianos, a pesar de poder ser acusado de insolidario, rusófilo, homófobo, fascista, fumador, cervecero y consumidor de bollería industrial, no tiene ni pies ni cabeza.
Por lo que estoy viendo en la tele, lo de irte a recoger a ucranianos huidos de la guerra a la frontera con Polonia, se ha convertido en una especie de aventura de fin de semana. De actividad lúdico-solidaria que se puede incluso practicar en familia y hata puedes desplazarte un montón de miles de kilómetros en tu vehículo privado llevando lo que cada uno considera que es ayuda humanitaria y traerte, de paso, por tu cuenta y sin coordinarlo con autoridad alguna, a una familia ucraniana.
Me sorprende ver que, de nuevo, se ha abierto una especie de maratón para que cada autonomía, ayuntamiento, cofradía, club deportivo y/o asociación de vecinos demuestre su solidaridad con esta nueva causa, que es la que ahora está de moda.
Solo las grandes cadenas de televisión, con su cada vez más baja calidad informativa, parecen disfrutar con sus historias lacrimógenas sobre esta o aquella familia que ha cruzado la frontera o que ha llegado a España, mientras siguen sin hacer su trabajo y continuamos sin tener ni puñetera idea de qué está pasando en Ucrania.
Ello a pesar de los numerosos periodistas desplazados, que no deben salir del hotel pues vemos, una y otra vez, las mismas imágenes de ínfima calidad tomadas, casi todas, con teléfonos móviles de particulares sin que nadie pueda corroborar si lo que vemos es verdad. En la guerra de Vietnam, con los medios técnicos de entonces, la información le daba mil vueltas a la que nos están sirviendo hoy esos grandes medios con toda su digitalización.
Mientras tanto, los particulares, cada uno por su cuenta, más un montón de ONGs que surgen regadas con las subvenciones públicas como las setas tras la lluvia, se dedican a invocar a la solidaridad pública para recoger lo que cada hijo de vecino considera que pueden necesitar ahora mismo los más de 2 millones de refugiados ucranianos que cruzan las fronteras europeas. Sin orden ni concierto, sin que parezca existir una autoridad unificada a nivel europeo que ponga orden en este nuevo circo.
Tal vez por eso hemos podido ver en las noticias las montañas de ropa bajo la lluvia en la frontera con Hungría, donde cada ucraniano que necesita abrigo se pone a rebuscar a ver si encuentra algo que le sirva, dejando sobre el asfalto un aspecto de gran almacén tras el primer día de rebajas.
Si con tanto chupóptero e inútil con sueldo privilegiado que estamos manteniendo en Bruselas no somos capaces de organizar mínimamente la ayuda a toda esa gente, lo que estamos haciendo es desperdiciar recursos, tirarlos a la basura y, como tantas otras veces, solo servirá para acallar conciencias individuales, fingir solidaridad, exhibir supuesta progresía y convertir en estructural un problema coyuntural.
Con la experiencia que tiene España en la materia con la inmigración procedente del sur, ¿todavía no hemos aprendido nada?
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