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Lunes, 28 de Diciembre de 2020
Por Fernando Madariaga

Reconociendo que veo conspiraciones judeomasónicas por doquier, comenzando por los "abrefáciles" en la alimentación, diseñados para que la gente se muera de hambre, cada día me ofrece menos confianza el empeño de las administraciones públicas para que aceptemos vacunarnos contra el coronavirus.

Nunca he tenido inconveniente en vacunarme, de hecho, tras mucho tiempo en África y Oriente Medio, me podría haber titulado en recibir pinchazos. Sin embargo, me produce enorme desconfianza la espasmódica perentoriedad que demuestran todos nuestros gobernantes, y hasta los medios de comunicación, por demostrarnos que la vacuna es eficaz y segura a pesar -y es este “a pesar” lo que me preocupa- del acelerado proceso para descubrirla, fabricarla y distribuirla.

Me provoca gran desconfianza que el presidente (o director general, no lo recuerdo bien) de la farmacéutica Pfizer en España, fabricante de la vacuna, nos diga en el Canal 24Horas que a este invento aún le quedan dos años de investigación y pruebas para concluir el proceso que garantice su eficacia y su seguridad.

Personalmente creo imprudente vacunar a todos los sanitarios a la vez. Si algo sale muy mal con el invento este, tendremos todos los huevos en la misma cesta.

Tampoco ayuda el que nos estemos gastando miles de millones de euros en un producto del que el propio Gobierno admite abiertamente desconocer su eficacia, al ignorarse aún cuánto tiempo dura la inmunidad que produce frente al COVID-19.

Lo cierto es que grandes medios de comunicación y administraciones públicas han organizado un espectáculo de ficción jaleando la “victoria” lograda frente a la pandemia cuando, en realidad, más de la mitad de la población española, ajena al show oficial, ha manifestado no estar dispuesta a hacer de conejillo de Indias.

Más siendo testigos cada día de la caótica gestión de la crisis sanitaria por parte del Gobierno y de los partidos de la oposición, empeñados únicamente en ponerse a parir mutuamente. Sin olvidar las mentiras que nos han hecho confiar en nuestros gobernantes tanto como en un yihadista con dos maletas.

Hemos pasado de aquellos días en que nos repetían que las mascarillas no eran necesarias en absoluto, a que luego se convirtieran en imprescindibles, y perseguible penalmente no llevarlas, con un iva del 21%, al que la ministra de Hacienda le costó renunciar como si se tratase de su propio patrimonio, mintiendo también al culpar a Bruselas sobre la fiscalidad de lujo de este artículo sanitario.

El simple hecho de que los gobiernos ni se hayan planteado vendernos la vacuna, como hacen con las mascarillas, me produce desconfianza.

También sigue el misterio sobre el “comité de expertos” que, según el ministro de Sanidad, existe pero no, al menos no siempre, pero sí a veces. Esta fue más o menos la versión oficial.

No obstante, sería injusto culpar al Gobierno de Pedro Sánchez de traicionar la confianza de los españoles.

Todos los gobiernos del PSOE y del PP lo han hecho siempre y en todas las legislaturas. Somos el país de “OTAN no, bases fuera” con el mismo Felipe González que luego nos metió en la Alianza, y el país que se embarcó en una guerra porque el cretino que teníamos en La Moncloa nos dijo que había armas de destrucción masiva en Irak, cuando todos sabíamos que era mentira. En fin, casi 200.000 muertos después nos sigue importando una mierda.

Con estos antecedentes, cuando nuestros políticos dicen hacer algo por nosotros, mis dudas son siempre las mismas: cuánto nos va a costar o ha cuántos vamos a matar.


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