Hasta el aburrimiento han repetido lo de que hoy se ha cumplido el décimo aniversario de la inmolación del joven comerciante tunecino que provocó las llamadas “primaveras árabes”. Me he pasado gran parte del día escuchando las estupideces que los reporteros de las teles grandes, las nacionales, han estado contando sobre el asunto. Del que, por cierto, no tenían ni puñetera idea.
Las diferentes “primaveras árabes” que se produjeron a partir de entonces en Túnez, Argelia, Egipto y, más tímidamente, en Marruecos, no fueron explosiones espontáneas de un pueblo luchando por sus libertades, por sus derechos, por la igualdad, la democracia ni por gilipolleces semejantes.
Fue sencillamente el resultado de que potencias extranjeras, occidentales la mayor parte de ellas y entre las que nos encontrábamos varios países de la Unión Europea y de la OTAN, aprovecharan el mínimo conato de sublevación en el norte de África y en el Próximo Oriente para montar una operación de subversión de libro de texto con la idea, lamentable por cierto, de propiciar una involución en algunos regímenes de la zona, que no en todos, caso de Marruecos, donde el efecto simpático de los alzamientos populares asustaron, sobre todo, a los que estamos a este lado del charco.
La “primavera árabe”, que con tanto romanticismo como ignorancia han relatado hoy todos esos reporteros con el micro ante la cara, jamás sucedió o, como mucho, terminó antes de empezar.
Recuerden aquellas movidas en enero de 2011 en la plaza de Tahrir, en el Cairo. Animadas desde Occidente, tanto testimonialmente como con recursos de inteligencia. Todo para echar a un Hosni Mubarak que, gracias a la democracia que impusimos “manu militari”, fue sustituido por un autentico presidente electo, Mohamed Mursi que, por desgracia, solo tenía un pequeño inconveniente para nosotros: representaba a los Hermanos Musulmanes, un partido calificado como "islamista" por la ignorante lógica occidental.
En fin, lo de que montemos revoluciones en terceros países para terminar colocando a quien consideramos el enemigo no es novedad. Ello a pesar de que ni Mursi ni los Hermanos Musulmanes han sido nunca nuestros enemigos y, por supuesto, sin que ninguno de nuestros cerebros grises se parara a reflexionar por qué una juventud árabe que quería parecer occidental votaba al islamismo.
Para solucionarlo, con la habitual habilidad occidental de joderla aún más en el tiempo de descuento, propiciamos un golpe de Estado apoyando a un militarote para que pusiera orden en un Egipto que se nos iba de las manos. Se montó una farsa de juicio, metimos a Mursi en la cárcel y le matamos en 2019 de muerte natural; un sorpresivo, inesperado y oportuno infarto acabó con su vida, con el problema y con cualquier esperanza de que la primavera llegara al frío invierno que sigue viviendo toda la región.
Y aun así, me sigo encontrando en cada aniversario de esta chorrada de la "primavera árabe" a capullos pegados a un micrófono hablando de la “explosión de libertad popular”, del “anhelo de democracia” y de gilipolleces semejantes. Hay que joderse.
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