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Martes, 10 de Noviembre de 2020
Por Fernando Madariaga

Quizá por ser los principales afectados en esto de la pandemia, los ciudadanos estamos demasiado preocupados, y ocupados, para marcar cierta distancia con los acontecimientos y sacar algunas conclusiones sobre esta excepcional situación, en la que son cada vez más los indicios de que se está produciendo otro cambio de ciclo histórico y el final de la democracia clásica.

Es obvio que la emergencia sanitaria está sirviendo de coartada al poder político para ir realizando un giro cada vez menos suave y más evidente hacia un sistema devaluado de derechos fundamentales y libertades públicas, en beneficio de una mayor concentración del poder, que utiliza las diferentes fórmulas constitucionales de excepcionalidad como escudo con el que se protege de los controles parlamentarios y judiciales.

En definitiva, un giro hacia "democracias limitadas" con el retorno a formas personalistas y absolutistas de ejercicio de la soberanía, hurtada ahora al ciudadano con el argumento de que la actual situación requiere de esas medidas para protegerle de sí mismo.

El abuso del estado de alarma con la caótica sucesión de limitaciones y restricciones, la errática política sanitaria y el que quienes detentan el poder culpen siempre e irremediablemente al administrado, en lugar de admitir su incapacidad para solucionar los problemas, nos vuelve a aproximar al infalible líder paternal de la época de las dictaduras europeas surgidas entre las dos guerras mundiales, la de Franco entre ellas.

Es interesante contemplar como este Gobierno, que se jacta de su progresía hasta el hartazgo, intensifica su deriva absolutista con iniciativas legislativas como la de memoria histórica, la llamada “ley Celaá” en materia de educación, o la más reciente formación de ese tribunal orwelliano que, con la coartada de protegernos de la desinformación, en realidad velará para que la población reciba únicamente “la verdad” del amado líder.

Por cierto y dicho sea de paso, inconstitucionales todas ellas, a pesar de que también el respeto a la Constitución es algo que el Ejecutivo de Pedro Sánchez está diluyendo a la misma velocidad que lo hace con la solidez de la Jefatura del Estado como institución.

Personalmente, siempre he pensado que la obsesión por sacar al general Franco del Valle de los Caídos respondía simplemente a la necesidad de dejar sitio para el siguiente tirano. Y parece que no voy por mal camino.

Sin embargo, y para intentar el imposible objetivo de ser justo, la deriva absolutista del actual Gobierno del PSOE y Podemos no es exclusiva. Todos los partidos que han llegado al poder, han caído en ella. Sobre todo cuando contaban con mayoría absoluta.

La única diferencia ahora es que la excusa de la pandemia está permitiendo a Sánchez y a Iglesias acelerar el proceso.


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