Sí, resulta preocupante, alarmante en realidad, que con la que está cayendo el ya afamado Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, haya hecho una broma que afectaba a las enfermeras durante una entrevista. Un comentario sexista, ¡qué horror! Gracias a Dios hay un montón de asociaciones y de meapilas dispuestos a cumplir el inquisitorial deber de realizar el correspondiente auto de fe.
Desde luego, tal como anda el patio, no tenemos nada más importante de lo que preocuparnos. Sobre todo cuando hasta los gestos del doctor son analizados para comprobar si son suficientes para un casus belli y es seguro que todas las enfermeras del país se sienten muy ofendidas porque Simón, durante una entrevista en directo, no supo componer con suficiente celeridad la respuesta correcta para todos los soplapollas de la corrección política que han tenido, de nuevo, ocasión para rasgarse las vestiduras y mesarse los cabellos ante este nuevo escándalo.
Seguro que el precipitado comentario del doctor Simón es para el gremio de la enfermería motivo de agravio mucho mayor que el hecho de que ninguna administración pública, ninguna, le haya hecho el más mínimo caso durante todos esos meses que estuvieron avisando de que era necesario contratar más personal, decentemente retribuido, y disponer de más recursos de cara a lo que estamos viviendo hoy.
Lástima que esas asociaciones profesionales de la enfermería que hoy son tan beligerantes por un simple desliz, no lo fueran entonces para salvar vidas ahora. Lástima que no insistieran con igual empeño ante gobiernos centrales y autonómicos para que esta segunda oleada de contagios no saliera tan cara en vidas humanas.
No obstante, lo importante es lo importante, y lo de que Fernando Simón, que no es un profesional de la comunicación, hiciera un comentario sexista cuando solo pretendía ser ocurrente o gracioso, resulta imperdonable en las actuales circunstancias en las que no tenemos mayores motivos de preocupación.
Por suerte, este sigue siendo un país de inquisidores, de mamarrachos dispuestos a darse un madrugón para fusilar al amanecer a cualquier hijo de vecino que pueda haber cometido el más mínimo error o que, aún sin haberlo hecho, no sea capaz de superar la prueba diabólica de demostrar lo que no ha sucedido.
Como suelo decir, si Dios existe debe adorar a los gilipollas, porque crea muchos.
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