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"Cuestionable"

Opinión

Martes, 20 de Octubre de 2020
Por Fernando Madariaga

La reciente concesión del Nobel de la Paz al Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas (WFP por sus siglas en inglés) habrá sido considerado un acierto para la inmensa mayoría de la opinión pública que ve justo el reconocimiento a esta iniciativa para combatir el hambre en el mundo.

Y así sería si viviésemos en un mundo en blanco y negro pero, como acostumbro a decir, esta vida está compuesta de una compleja, y numerosa, gama de grises.

En realidad, este Nobel de la Paz recuerda al concedido en 2009 a un Barack Obama que aún no había hecho nada, ni a favor ni en contra de la paz. Probablemente, si  la Fundación Nobel hubiera esperado a que terminara su Presidencia, que es lo que debería haber hecho, se habrían planteado otros candidatos para no hacer demasiado el ridículo.

Lo cierto es que los famosos premios llevan unos años perdiendo el brillo a base de la presentación de algunas candidaturas que son más que cuestionables.

El WFP está en esa gama de grises de “cuestionabilidad”; desde su creación en 1962 el balance del programa es, como indica el adjetivo, "cuestionable" y, desde luego, tienen muy poco que ver con la paz. Quizá, de haber existido, habría sido menos inadecuado otorgarle un Nobel a la solidaridad, o a los incentivos empresariales para aquellos fondos de inversión que monopolizan a nivel mundial los principales recursos alimenticios.

Desde luego, el WFP no habría logrado un Nobel al desarrollo ya que, como reconocen abiertamente empleados del mismo, en no pocas ocasiones la ayuda alimentaria solo ha contribuido a destruir la producción agropecuaria local del lugar al que supuestamente deben ayudar y a la emergencia de un lucrativo mercado negro de productos que llevan el emblema del programa.

Cuando se trata de acciones solidarias tan ambiciosas y amplias que, como las del WFP, mueven presupuestos multimillonarios, las buenas intenciones no son suficientes. Y, como pasa con casi todo en la vida, solo profesionales altamente cualificados y cuyos empleos no dependan de que permanezca el problema que justifica sus nóminas, son los adecuados para implementar esa “solidaridad”.

En otro caso, como sucede hoy con muchas ONGs, el que no se resuelva el problema es lo único que justifica su existencia y el aluvión de subvenciones públicas con las que se pagan esos sueldos o se compran recursos a las empresas que están en manos de fondos buitre.

Basta con hacer un balance de las últimas décadas para comprobar que, los “solidarios” de todo pelaje se han ido multiplicando a igual velocidad que los problemas que justifican su existencia.


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