Con lo de sacar a Franco del Valle de los Caídos, este Gobierno “progresista” se convirtió en el mejor aliado de la dictadura. Ahora, con el anteproyecto de “Ley de Memoria Democrática”, anima a los que no conocieron esa dictadura a significarse de un lado o de otro sobre lo que no vivieron. De esta forma, Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, por este orden, se aseguran de reabrir las fracturas de la España invertebrada.
Es cierto que el fingido “progresismo” ha utilizado de forma recurrente la figura del dictador Francisco Franco para que los españoles nunca miremos a donde tenemos que mirar, y mientras el covid sigue infectando libremente a todo el país gracias a las torpezas cometidas por el Gobierno -y apoyadas por la oposición- durante el desconfinamiento, mientras la economía nacional sigue deshaciéndose a pedazos y el desempleo va camino de convertirse en un estado natural del trabajador español, al Gobierno lo que le preocupa es borrar cualquier huella que recuerde la Guerra Civil, la derrota republicana, al general Franco y, por supuesto, los 40 años de absolutismo.
En el vehemente desatino que supone esta inconstitucional mamarrachada de futura ley, lo que pretenden Sánchez e Iglesias es, esencialmente, prohibir a Franco.
Prohibir acordarse de él, prohibir cuestionar todo lo relacionado con él, prohibir su recuerdo, prohibir cualquier estudio de su época que se separe de la versión oficial y, sobre todo, evitar las odiosas comparaciones.
Porque si algo teme este Gobierno que se jacta de ser “democrático” y “progresista”, es que los españoles sigan utilizando la maldición hecha frase que muchos repiten cada vez con más frecuencia: “Esto con Franco, no pasaba”.
La futura “Ley de Memoria Democrática” alardea de todo aquello de lo que carece. De esa legalidad que, en realidad, carece del mínimo sentido común, de la idea de equilibrio y, sobre todo, del concepto de Justicia.
En ella la memoria está ausente. No es tal. La norma impone la amnesia nacional con sanciones penales, al igual que lo hizo la dictadura.
Y, en tercer lugar, el calificativo de “Democrática”. Ofensivo en esta norma lineal que obliga a un pensamiento único que no acepta discusión, incuestionable so pena de sanción. Indiscutible aun cuando los historiadores pretendan defender con datos empíricos algún aspecto de aquella dictadura que, en no pocas ocasiones, permite a los ciudadanos comparar sobre los políticos que teníamos y los que tenemos.
Lo que ni Sánchez ni Iglesias perdonan al dictador Franco es el que, desde su removida tumba, incluso ahora, pueda demostrar la actual ineptitud de nuestros gobernantes.
Y la gran venganza del general, también desde su tumba, es haber probado que no hace falta llamarse Franco para convertirse en un dictador bananero.
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