Varios miles de personas se manifestaron ayer en Madrid contra las últimas restricciones impuestas por el Gobierno para frenar la propagación del covid-19, cuestionando tanto su eficacia como la misma existencia de la pandemia. Por supuesto, ya han sido oficialmente tildados como “negacionistas”.
Estos, los "negacionistas", junto con los "conspiranoicos", empiezan a convertirse ya en la nueva clase social estigmatizada desde lo poderes públicos que es condenada a la pena de telediario, a las tres de la tarde, en los informativos de las cadenas de televisión más importantes.
Por otro lado, hoy se cumplen tres años del atentado en Barcelona y en el escueto homenaje rendido a las víctimas, sus familiares y a los heridos, han sido ellos mismos los que se han mostrado sorprendidos de que, por una vez, la Generalitat haya cerrado filas con el Gobierno central y con la Fiscalía para impedir que los autores sean acusados de asesinato y condenados a prisión permanente revisable.
Obviamente, si las víctimas supervivientes o los familiares de los fallecidos insisten en que se investigue el tema, cuestionando el sorprendente acuerdo de las instituciones para impedirlo, terminarán siendo catalogados como “conspiranoicos”. De poder ser, seguro que también serían acusado de “negacionismo”, pero el reguero de cadáveres que quedó esparcido por Las Ramblas, en esta ocasión, les libra de la segunda parte de una acusación que consiste en negar la verdad oficial.
Lo cierto es que las Administraciones públicas y las instituciones más destacadas del Estado, con enorme habilidad y constancia, y también con el siempre inestimable apoyo de los grandes medios de comunicación nacionales, han logrado convertir a "negacionistas" y "conspiranoicos" en los nuevos parias sociales. En algunos casos, incluso, catalogando como delito la negación pública de acontecimientos históricos, que no podrán refutarse aún cuando los historiadores puedan demostrarlo con nuevas pruebas o descubrimientos. Bueno, salvo que no les importe acabar en la cárcel.
Al igual que pasaba durante la dictadura del general Franco, cuestionar la verdad oficial nunca queda sin castigo, pues quienes lo hacen se convierten automáticamente en disidentes que, por su propia naturaleza de ovejas negras, cuestionan la colectiva docilidad del rebaño.
Y eso supone, inevitablemente, cuestionar la autoridad del pastor y de los mastines que, detentando el monopolio de la violencia, mantienen el rebaño unido. Borregos que, con la cabeza gacha, se mueven mansamente en la dirección decidida por el pastor.
Aun cuando están siendo dirigidos al matadero.
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