Cada vez son menos las ocasiones en las que me alegra el día que la realidad me dé la razón al producirse los acontecimientos tal y como había previsto. En esto del coronavirus y las enormes torpezas cometidas por las administraciones durante la desescalada, que nos están conduciendo a nuevos confinamientos, preferiría haberme equivocado totalmente.
Sin embargo, los actuales rebrotes, los confinamientos sectoriales y hasta la decisión tomada esta mañana por el Ayuntamiento de Totana (Murcia) de volver a la fase 1 tras detectarse un brote de 55 contagiados por una, otra, fiesta nocturna, no son un resultado inesperado ni imprevisible.
Yo lo hice en mayo, lo de preverlo, sin conocimientos técnicos ni científicos, sin instrumentos especiales ni asesores, sin tan siquiera haber sido iluminado por esa luz divina que llevo esperando toda mi vida para que me revele el número del cuponazo del viernes. Y lo hice utilizando únicamente la lógica y un mínimo de sentido común.
Sin embargo, veo que ahora nuestros administradores van a volver a cometer las mismas estupideces que cometieron en la desescalada, aunque en sentido inverso. Al igual que primero se dieron demasiada prisa en desconfinar, ahora están recorriendo el camino en sentido contrario y aún con más precipitación.
Las mismas administraciones y los mismos políticos que animaron a sectores como el turismo y los servicios a hacer inversiones considerables para poder ofrecer ese placebo de destino “seguro” frente al Covid, con el fin de animar el consumo y la economía, ahora se apresuran en cerrar bares y restaurantes, limitar más horarios y aforos en cuanto hay cualquier repunte de contagios.
Cuando veo las decisiones que nuestros representantes están tomando ante los actuales rebrotes, empezando por la sandez de las mascarillas en lugares abiertos incluso con distancia de seguridad, me pregunto si esa misma luz divina que no me desvela el número del cuponazo, nos condenó a elegir ineptos para cargos públicos de relevancia.
Sabemos que la mayor parte de los contagios actuales son por relaciones sociales, familiares y celebraciones. Lo primero que hay que hacer no es volver a cerrarlo todo cuando ya tenemos aquí a los pocos turistas que hay y con la movilidad totalmente abierta. El primer paso lógico es activar de nuevo el dispositivo policial de vigilancia que desapareció con la desescalada.
Escribo desde Marbella (Málaga), donde diariamente veo locales abiertos al público violando flagrantemente medidas sanitarias tan esenciales como el aforo o la distancia de seguridad, mientras la policía se dedica a perseguir senegaleses que no venderían hoy un bolso a 20 euros ni aunque fuera auténtico, porque prácticamente no hay nadie para comprarlos. Estoy convencido de que el lector, esté donde esté, ha sido testigo de imprudencias y de derroche de recursos publicos similares.
Para salvar, al menos, lo que queda de verano, hay que separar a la gente, empezando por los jóvenes y por el ocio nocturno, olvidarnos de los interiores de los establecimientos y volver a poner a policía, guardia civil y ejército si es preciso en la calle para obligarnos a cumplir.
Si no lo hacemos, volveremos a un confinamiento prácticamente nacional antes de octubre.
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