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Lunes, 20 de Julio de 2020
Por Fernando Madariaga

Advertí en este mismo espacio de que íbamos demasiado deprisa en la desescalada y de que, haciendo las cosas pensando únicamente en la ruina económica que se nos viene encima, los rebrotes no serían inevitables sino inapelables. Los que ya se han producido solo nos adelantan que aquí, a la Costa del Sol y a Marbella, también llegarán.

Desde que la transmisión de la enfermedad empezó a ser controlada y se precipitó el desconfinamiento, nuestros políticos comenzaron a primar el criterio economicista sobre el sanitario a la hora de enfrentarse a la pandemia. Fue lo del refrán pero a la inversa: Dejó de tronar y nos olvidamos de Santa Bárbara.

Olvidando al mismo tiempo que siempre una calma precede a la tormenta. Barcelona y otras ciudades ya la están padeciendo, y lamento decir que tengo la certeza de que aquí volverá a tronar.

Aunque la dispersión en la Costa del Sol es mucho mayor que en otros puntos, la movilidad en toda España, en casi todo el mundo en realidad, está demasiado abierta y, de nuevo, la fatídica ley de probabilidades nos mostrará con crueldad que las matemáticas no se equivocan.

En Andalucía, todas las autoridades públicas de las tres administraciones siguen recitando el estúpido mantra de la seguridad sanitaria; “total” y “absoluta” como incluso se atreven a decir algunos cretinos a los que, ademas, les han dado un cargo público.

Todos sabemos que esas medidas higiénicas son simples placebos para intentar transmitir una falsa sensación de seguridad a los pocos turistas que están dispuestos a aventurarse a un verano que no iba a funcionar y que no funciona.

Lo de la mascarilla obligatoria ha sido el último clavo al ataúd de la temporada turística, sobre todo teniendo en cuenta que la medida responde al efecto simpático que provoca el pánico en políticos que temen ver su cargo amenazado si desde la oposición les señalan con el dedo por hacer las cosas tarde.

Lo cierto es que llevar la incómoda máscara puesta por la calle para luego quitártela dentro del restaurante o en la barra del bar, o en una de las muchas terrazas abarrotadas que sigue habiendo en toda la Costa del Sol, obliga al ciudadano medio a plantearse qué es lo que pasa por el cerebro de nuestros representantes cuando se ponen a tomar decisiones.

No vamos a conseguirlo, el verano no se va a salvar con un 30 ó 40% de ocupación y, sin embargo, esos índices serán suficientes para llegar al peligroso invierno con un montón de rebrotes activos.

Será entonces cuando volveremos a acordarnos de Santa Bárbara.


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Por Fin
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