Nunca llego a entender esto de los golpes de pecho cuando sucede algo inevitable que todos sabíamos que iba a ocurrir. Que Nissan abandone el barco cuando ve vías de agua no es ni la primera ni la última vez que sucede en España.
A decir verdad, me parece ridículo el paripé que montan antes las cámaras los aún empleados y futuros parados de este fabricante de coches, que eran los más conscientes de que la empresa japonesa lleva languideciendo dos años, desde 2018; intentando sortear esa fatal suerte construida a base de un gran número de factores que siempre desembocan en que los más débiles van a la calle.
Venir a estas alturas a golpearse el pecho porque la marca japonesa no reconoce los esfuerzos realizados por la plantilla ni por las diferentes administraciones, que llevan más de cuarenta años mimando a Nissan a costa de nuestros impuestos, no tiene demasiado sentido en un mundo neocapitalista y globalizado.
Con ambas falacias nuestros gobernantes, y nosotros mismos, hemos contribuido activamente durante décadas a construir el imperio de las grandes corporaciones. Y, como pasa con todo en la vida, el asunto tiene sus ventajas y sus inconvenientes, aunque es cierto que las ventajas siempre son para unos cuantos y los inconvenientes para muchos y siempre los mismos.
Hemos de admitir que, como en cualquier otro imperio, el vulgo no puede decirle al emperador cuándo debe irse o quedarse.
Probablemente sea cierto también que la política económica de nuestro Gobierno, con subida del impuesto de sociedades, amenazas de mayor presión fiscal a las grandes compañías o de la derogación de la reforma laboral, no ha ayudado a inspirar a los japoneses demasiada confianza. Y, para darle la puntilla al toro, el coronavirus.
Sin embargo, es también muy probable que, de haberse quedado en España, la marca habría terminado ocupando una de las valiosas camas en la UCI, a golpe de más ayudas públicas millonarias, para poder sobrevivir en un mundo cuyos conceptos de movilidad están cambiando a marchas forzadas, empezando por el final de los combustibles fósiles.
Nissan se habría ido sí o sí, porque en la inevitable reconversión del sector es muy probable que los jefazos de la empresa tengan ya diseñadas esas plantas del futuro en países donde se produce más con menos gente, con sueldos más injustos y con muchos robots que irán progresivamente dejando cada día a más empleados en la calle. No es casualidad que hayan anunciado su traslado a China.
Y no podemos quejarnos, hemos sido nosotros los que hemos decidido voluntaria y libremente construir el mundo en el que vivimos.
Nosotros hacemos lo mismo cuando fijamos en nuestros respectivos trabajo el margen de nuestro beneficio: el máximo al mínimo esfuerzo y coste. Nissan no es una excepción.
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