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Por Fin
Por Fin
Jueves, 14 de Mayo de 2020
Por Fernando Madariaga

Siembra desconfianza entre la población a nivel europeo los mensajes contradictorios que lanzan las diferentes administraciones al ver que mientras aquí se establece una cuarentena para aquellos extranjeros que nos visiten, en la UE estudian ya cómo se podrá volar entre países este verano.

Extrañamente y a pesar de que ya sabemos que solo el 5% de la población ha sido infectado por el Covid19, lo que implica que el otro 95% está en riesgo, la mayor parte del tejido económico nacional y muchos representantes de instituciones públicas continúan empeñados en precipitar el desconfinamiento.

Sorprende la obcecación por cuanto todo los indicios señalan, inequívocamente, al fracaso de la desescalada y el retorno a un estado de alarma “duro” con un montón de nuevos enfermos y muertos.

Analicemos brevemente lo que tenemos.

Sabemos por el estudio de seroprevalencia que no estamos protegidos por una “inmunidad de rebaño”, que precisa que un 70% de la población haya pasado la enfermedad. Ese 5% de españoles que sí está infectado representa unos dos millones de personas y, teniendo en cuenta que solo tenemos la certeza de unos 230.000 casos confirmados, estamos ante más de un 1.700.000 personas anónimas infectadas por el coronavirus. Sin que tengamos ni idea de cuántos de ellos pueden aún contagiar a ese 95% restante que no lo ha padecido, todavía.

Además, somos muy conscientes de los constante incumplimientos de las mínimas normas sanitarias en las diferentes situaciones en las que se permite salir, desde la práctica del deporte hasta en las terrazas de los bares en los sitios que han pasado a la Fase 1. Muchos de esos bares han renunciado a volver a abrir al constatar algo obvio y que vengo defendiendo desde el primer día: la inmensa mayoría de las ocurrencias para intentar que exista un consumo y un turismo durante la pandemia, son una chorrada.

Los gastos sanitarios en los establecimientos pueden servir para lograr cierto efecto placebo pero nada más. Esa “total garantía” sanitaria que tanto escuchamos en la tele a los dueños y directores de bares, restaurantes y hoteles, no existe. Y el que una administración pública lo certifique tiene el mismo valor que una promesa de inmortalidad recogida ante notario. Menuda sandez.

Menos aún la seguridad en los vuelos que pretende poner en marcha para este verano la UE, con los pasajeros con mascarillas apelotonados como siempre en esos claustrofóbicos cubículos en que se han convertido los aviones. Solo el Covid19 va a disfrutar de esas vacaciones.

Y olvídense de los pasaportes sanitarios y demás certificados para clasificar a la población según su salud, además de ser una inmoralidad, son manifiestamente ilegales. Imaginen cómo nos rasgaríamos las vestiduras si se exigiera un pasaporte específico a los enfermos de Sida. Pues lo mismo.

Con estas pocas reflexiones y muchas más que no caben en este espacio, entiendo, aunque no comprendo, a aquellos políticos que escupen contra el viento solo por fastidiar al Gobierno.

Lo que no me cabe en la cabeza es por qué todos esos empresarios se empecinan en jugar en una ruleta en la que solo pueden perder o perder más.


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