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Sábado, 9 de Mayo de 2020
Por Fernando Madariaga

Lo de que los políticos utilicen los momentos aciagos en sus países para colarle un gol a la población que difícilmente admitiría en otras circunstancias, no es nada nuevo. La mejor forma de evitar que el pueblo se fije en algo es el momento en que está mirando hacia otro lado.

Lo de la pandemia y la gestión de la misma que está haciendo el Gobierno es una oportunidad tan buena como cualquier otra para que Pedro Sánchez apruebe a golpe de decreto ley lo que debería pasar por el Congreso.

El proyecto educativo, adoctrinador en realidad, de la ministra Celaá ha sido una de las pullas que el Gobierno “progresista” nos ha colado con una nula respuesta ciudadana y con una mínima oposición de la oposición, preocupada ahora mucho más en desprestigiar con argumentos estúpidos la gestión de la pandemia que en hacer su trabajo.

No obstante, el reactivar la tramitación de esa ley orgánica aprovechando que todos estamos mirando hacia el coronavirus, no es nuevo y sí era previsible. Lo de que cada partido publique su propio Mein Kampf para asegurarse una juventud ideológica y electoralmente dócil, lo han hecho tanto socialistas como populares cada vez que se hacen con el poder.

Harina de otro costal es que nuestro presidente-rehén haya tenido que meter "de extranjis" a Pablo Iglesias en la Comisión Delegada para Asuntos de Inteligencia, utilizando además, de forma tan chapucera como de dudosa legalidad, una disposición final en el decreto del estado de alarma.

Aunque lo que realmente alarma, y preocupa, es que el vicepresidente Iglesias siga con esa obcecación por meter la nariz en los asuntos de inteligencia.

No tiene sentido. La Comisión de Inteligencia no es ningún chollo. Como bien saben los que saben de esto, lo que no sabes no puede hacerte daño. ¿Para qué iba a querer alguien la responsabilidad que implica el conocer secretos de Estado? Información que, además de hacerte infeliz, nunca podrás utilizar ni revelar salvo que quieras pudrirte en la cárcel. ¿Quién quiere convertirse en objetivo de cualquier enemigo, o amigo, que pretenda hacerse con nuestros secretos? Eso no es plato del gusto de nadie.

De nadie, salvo que se pretenda acceder a esa información clasificada para hacer algo con ella.

Teniendo en cuenta los lazos financieros que el partido del vicepresidente Iglesias tiene con la Venezuela de Nicolás Maduro, y sin olvidar que Caracas es solo una estación de paso hacia Moscú, el interés que siempre ha demostrado el vicepresidente podemita reconvertido en “casta” por acceder a los secretos nacionales no es solo preocupante, sino que obliga a una conclusión obvia.

Precisamente, en la comunidad de inteligencia hay una especie de máxima que dice, "si dudas, no hay duda".

En esta pandemia que estamos sufriendo, quizá no estemos combatiendo a un único virus.


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