Nada ni nadie parece capaz de sustraernos a la dinámica de precipitación generada por el incipiente proceso de desconfinamiento que se está produciendo atendiendo mucho más a la emergencia económica que a los criterios sanitarios.
En fin, era obvio que esto iba a ir así desde el momento en que se permitieron esas salidas de los menores para no traumatizarles por pasarse todo el día jugando con la Playstation o algún rollo así. Si le contamos eso a uno de esos críos sirio, libio o afgano que llevan años confinados a golpe de bombardeo, seguro que no nos cree.
Y en esas prisas que aumentan a la misma velocidad que las temperaturas, nadie parece querer quedarse atrás a la hora de proponer bobadas para acelerar un proceso que tiene su tiempo medido y que no deberíamos pretender alterar salvo que queramos seguir a Singapur, que ha tenido que volver a la fase más severa del confinamiento por el repunte de contagios.
Lo malo de las propuestas precipitadas es que, por su propia naturaleza, carecen del tiempo de reflexión necesario para ser acertadas. Caso de la mayor partes de las que está realizando el sector servicios, la hostelería y, en definitiva, todo el mundo empresarial relacionado con el turismo.
No se engañen, muy poca gente, por no decir nadie, se va a gastar una pequeña fortuna y su tiempo libre en hacer turismo enlatado en metacrilato, o visitando un hotel o un restaurante convertidos en instalaciones hospitalarias. Menuda chorrada.
Personalmente, recomendaría a todos los profesionales del turismo que no gasten un solo euro en seguridad sanitaria y que esperen a que el grado de amenaza baje hasta poder abrir con menos inseguridad y con un mínimo de comodidad para el cliente.
Mientras no se abra el espacio aéreo en unas condiciones y a unos precios que sean razonables, resulta gratuito proveerse de mascarillas y geles para los turistas que no van a venir.
Error también lo de pretender ampliar las terrazas hasta lo indecible hurtándole más espacio peatonal al ciudadano o al tráfico rodado. En la mayor parte de España, el ancho de las calles no permite esta posibilidad, salvo que alguien enseñe a los peatones a volar.
Por otro lado, una vez que pase esta emergencia, lo de volver al espacio inicial de ocupación de vía pública será un proceso que provocará problemas entre hosteleros y administraciones.
Además, esta iniciativa tropieza con la también equivocada idea del Gobierno central de animar a la gente a moverse en su vehículo privado para evitar el transporte público por aquello de la distancia de seguridad.
Reducir la superficie abierta al tráfico, y el número de aparcamientos en consecuencia, y animar a la vez a que la gente coja el coche, producirá inevitablemente atascos monumentales, principalmente este verano en muchos destinos turísticos y aunque solo tengamos un turismo residual de visitantes nacionales.
Pretendemos lo imposible. No podemos acelerar el tiempo de un proceso epidémico mientras no dispongamos de vacuna. Que nadie se engañe, eso no va a suceder y si, aun así, insistimos, lo único que lograremos serán nuevos brotes de contagios.
Lo mejor que puede hacer el empresariado turístico, todos los empresarios en realidad, es aceptar que el verano está perdido, porque lo está, y pensar en estrategias para hacer nuestra oferta más atractiva y competitiva el próximo año. Que es algo que, con pandemia o no, nos hace bastante falta.
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