El presidente norteamericano no es prudente al amenazar a China con más sanciones y hasta embargos por la crisis mundial que ha provocado con el coronavirus. Trump incluso culpa directamente a Pekín de haber creado el Covid-19 y advierte al Gobierno chino de que tendrá que indemnizar por el desaguisado.
No es cierto, sin embargo, como han dicho algunos informativos de grandes cadenas españolas de TV, que la CIA contradiga a Donald Trump en lo que respecta al papel de China en la pandemia.
En realidad, según lo que se ha hecho público, la inteligencia norteamericana ha informado al presidente de que el virus no ha sido creado de forma artificial ni manipulado genéticamente, sin meterse a dirimir si la pandemia ha sido deliberadamente provocada por el Gobierno chino, o de modo accidental en ese famoso laboratorio de Nivel 4 de Wuhan, por la incompetencia de sus científicos, en otras palabras.
Me sorprende, sin embargo, cómo el puñetero virus ha sido capaz, no solo de acabar con nuestra economía en un mes, sino con lo poco que quedaba de rigor periodístico en la mitad de tiempo. Jamás había oído tantas incorrecciones, tergiversaciones e informaciones incompletas o sesgadas por parte de esos grandes medios nacionales que se pasan el día mirándose el ombligo, como desde que empezó el asunto este de la pandemia. Ni cuando la invasión de Irak, y eso que aquello ya fue para nota. Pero ese es otro tema.
Volviendo a lo nuestro. Me arriesgaría incluso a aventurar que la actual directora de la CIA, Gina Haspel, que parece una persona bastante juiciosa, le ha quitado hierro al asunto para no exacerbar más a un hombre tan imprevisible como Donald Trump.
Sospechar, o incluso poder demostrar, que Pekín ha provocado la pandemia, ya sea por acción u omisión, es una de esas verdades que es mejor no saber.
El hecho de que, incluso en nuestra pequeña Marbella, las tiendas de los chinos cerraran de forma coordinada varios días antes de comenzar el confinamiento, colgando un cartel de “cerrado por vacaciones”, sin contarle nada a nadie -que no fuera chino por supuesto-, es ya un preocupante indicio de una acción conjunta bajo un mando unificado. Y eso, no tranquiliza.
Aún así, no es buena idea la de poner contra las cuerdas a una potencia mundial nuclear de marcado carácter absolutista que ya ha demostrado en varias ocasiones su capacidad para saltarse la legalidad internacional sin que le importe un rábano lo que opinan el resto de los países, cuyo silencio ha comprado, caso de España, a base de inversión y de importaciones.
China no debe pagar compensaciones, ni ser sancionada ni presionada, para evitar así aproximarnos peligrosamente a una tensión que podría llevarnos a un conflicto, una tercera guerra mundial, que sería la última. Por eso, los exabruptos del irascible Donald Trump no es lo que más necesitamos en estos momentos.
Si logramos que Pekín se comprometa a cumplir a partir de ahora los mínimos estándares sanitarios internacionales para evitar futuras pandemias, habremos logrado una victoria.
Y les garantizo que ni tan siquiera vamos a conseguir eso.
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