Es un error aceptar como dogma las constantes referencias del ministro de Sanidad, Salvador Illa, a que, tras esta pandemia, estrenaremos una nueva cotidianidad que, más que a una vida, recuerda a uno de esos mundos asépticos de las películas de ciencia-ficción.
El Gobierno no puede estar repitiendo diariamente a una población que se ha plegado sin rechistar al autoencarcelamiento, que no volveremos a llevar vidas normales y que, tal vez, dentro de un año o más, puede que recuperemos algo de aquella calidad de vida que era de las pocas cosas por las que valía la pena vivir en este país.
Personalmente considero una majadería todas esas invenciones que nos muestran en los telediarios para sobrellevar una vida española “poscoronavirus”, o esa forma ridícula de hacer turismo entre mamparas, mascarillas y geles desinfectantes. Menuda estupidez.
¿Quién va a querer ir a un bar, a un restaurante o a una playa para que le coloquen en una mini cabina telefónica de metacrilato? Solo falta que, como en las películas, nos vendan las vacaciones con unas gafas de realidad virtual para poder vivirlas sin salir de casa.
Si a nuestros gobernantes solo se les ocurre que la alternativa a la enfermedad es no vivir, no nos sirven en esta singladura.
La respuesta no está en adaptarnos a la subsistencia a la que nos obliga el virus, sino en buscar el tratamiento y la vacuna para combatirlo recuperando nuestras existencias.
Al igual que los avances médicos acabaron con la letalidad que tuvo la gripe hasta bien entrado el pasado siglo, hoy hay que invertir todo lo que haga falta para contar con un remedio que nos proteja de esta nueva enfermedad.
Resignarnos a nuestro encierro, a vivir separados en entornos esterilizados, como defienden todas las autoridades, significa aceptar que hemos perdido esta guerra y que hemos sido colonizados por el enemigo.
Si después de 40 días de obediente confinamiento, la única alternativa que son capaces de ofrecer nuestras clases dirigentes a toda la población es una vida en una pecera, es posible que mucha gente prefiera arriesgarse a padecer la enfermedad y a sobrevivirla, o no, antes que pasar el resto de sus días en un mundo parecido al de “Blade Runner”.
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