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Lunes, 23 de Marzo de 2020
Por Fernando Madariaga

Si algo nos está enseñando la situación creada por este virus, es nuestra más que limitada capacidad para hacer frente a una crisis. Limitaciones que van desde los errores en la gestión a la también escasa disponibilidad de recursos, tanto materiales como humanos.

Por desgracia, en esta ocasión, no puedo culpar de ello a Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, ni tan siquiera a Quim Torra.

Nuestra debilidad como Estado viene de muchos gobiernos atrás y probablemente comenzó en los años ochenta, con la premura de populares y socialistas a la hora de malvender y privatizar el entramado industrial público, empezando por todos aquellos servicios esenciales que ambos partidos pusieron en manos de sus amiguetes y que el ciudadano medio está pagando desde entonces a precio de oro.

Esto, unido a la no menos imparable tendencia de todos los gobiernos que hemos padecido a ir reduciendo cada vez más lo público para dejarlo en manos privadas, es probablemente lo que nos lleva a donde estamos: A que el personal sanitario no disponga de lo más básico a la hora de atender a los pacientes y, lo que es peor, a que tardemos casi un mes en proveerles de esos medios. Y hablamos de cosas tan básicas y esenciales como las famosas mascarillas o las batas que utilizan en los hospitales.

A esa falta de recursos, sin duda, se han unido algunos casos de torpezas y errores en la gestión, que son menos de los que los partidos en la oposición achacan al Gobierno, y ante los que no podemos perder de vista el hecho de que esta situación es nueva para todos nosotros.

No obstante, convendría que alguien apartara a la inepta de la ministra de Asuntos Exteriores, que no parece haberse planteado todavía la necesidad de hacer una operación tipo "Arca de Noé" para ir recogiendo españoles por el mundo y traerlos de vuelta. Este caso sí que revela una torpeza difícilmente perdonable.

Y hay que admitir, aunque me duela reconocerlo, que coincido con el podemita Pablo Iglesias cuando decía que ahora estamos pagando el precio de haber desmontado, troceado y malvendido gran parte del sector público.

Quizá una de las grandes lecciones que debemos aprender de lo que estamos padeciendo hoy sea que, una vez superada esta crisis, convendría replantearse volver a rearmar todo lo público, desde la Sanidad hasta las Fuerzas Armadas, pasando por todos aquellos servicios de interés general que nunca debieron dejar de ser públicos.

Y, de paso, replantearnos también, al igual que deberían hacer los demás Estados miembros, la utilidad de una Unión Europea que se ha desmoronado ante esta crisis como un helado en agosto.

Un virus de baja letalidad ha sido capaz de acabar con la unidad de Europa en menos de un mes. Ello a pesar de las cantidades milmillonarias que nos cuesta mantener unas instituciones que no han ofrecido la más mínima ayuda, ni respuesta alguna, a los países miembros.

Excepción hecha del Banco Central Europeo (BCE), que ha salido corriendo, de nuevo, a proteger a los especuladores.


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