Nunca he sido hombre de números, supongo que por eso siempre se me ha hecho eterno el fin de mes, pero precisamente también por eso, consciente de mis limitaciones, suelo repasar mis cuentas varias veces. Y tras hacerlo con esto del coronavirus, las cuentas no me salen.
Esta mañana había 11.178 infectados. De ellos, el 40% hospitalizado, que son casi 4. 472 pacientes -si no me equivoco en los números- y, de estos, 563 en la UCI por la gravedad de su situación, el resto estaba en tratamiento en sus domicilios.
De entrada me sorprende que nuestro sistema público de salud, del que siempre repetimos que es de los mejores del mundo y que nos cuesta un ojo de la cara vía impuestos, se vea desbordado en un mes para atender a menos de 5.000 pacientes. Sobre todo teniendo en cuenta que, según leo en publicaciones médicas, en 2018 la plantilla sanitaria pública española era de 513.777 personas.
También leo que en 2018 disponíamos de algo más de 158.000 camas hospitalarias sumando la sanidad pública y la privada.
Y siguiendo con mi huroneo por internet, veo que durante la temporada de gripe común 2017-2018, hubo 752.000 infectados en nuestro país, yo entre ellos si no recuerdo mal. De estos, 52.000 necesitaron ser ingresados en un hospital y 15.000 fallecieron, sin que se tomara ninguna medida especial ni se encerrara a la gente en sus casas.
Bien, pues sopesando estos números y comparándolos con la situación actual del Covid 19, y con esa precipitada declaración del estado de alarma que incluye el confinamiento forzoso y vigilado de toda la nación, insisto en que los números no me cuadran.
Ni me cuadra ese sobreactuado show que veo cada día en la televisión de una solidaridad ciudadana dirigida uniformemente a través de todos los medios de comunicación, con campañas publicitarias financiadas por el Estado que ha creado logos, marcas, diseños gráficos y todo lo necesario para su difusión en internet y redes sociales con una asombrosa celeridad, milagrosa en realidad, habida cuenta de la atropellada actuación de nuestro Gobierno.
Me cuadra la prudencia, pero no me cuadra que con ese número de afectados sea necesario sacar al Ejército a la calle, reclutar a personal sanitario que no ha terminado sus estudios y hasta al que ya se ha jubilado, intervenir la sanidad privada e incluso hoteles para proveer de habitaciones hospitalarias extra. ¿A cuánta gente esperan hospitalizar?
Ni me cuadra que en una semana el país entero y, sobre todo el personal sanitario, se quede sin equipos básicos de protección personal. Menos aún que, como medida preventiva, se cierren las fronteras, pero solo las terrestres y ha limitado el tránsito por las marítimas, no las aéreas. Extraña medida de contención.
En esto del coronavirus no me cuadra nada, porque si nuestro estado del bienestar, con su carísima infraestructura pública, se desmorona por tan poco, a lo mejor deberíamos replantearnos si hemos elegido el modelo correcto o a las personas adecuadas para dirigirlo.
Y, sin duda, lo que menos me cuadra de toda esta crisis es la martilleante insistencia de las instituciones públicas para meterle miedo a la gente y hacer que nos temamos entre nosotros al convertirnos a todos en posibles portadores de esta nueva peste negra.
Quizá me equivoque y la comparativa de los números, aunque sorprendente, tenga su explicación lógica, como advertí, las mates no son lo mío; o tal vez mis sospechas procedan simplemente de que profeso una desconfianza endémica hacia nuestras élites gobernantes.
O, quizá, la tercera opción sea sencillamente que los números no cuadran porque no nos lo están contando todo.
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