Recientemente he participado en un apasionado, casi vehemente, debate sobre una de esas incógnitas que, aún hoy, angustia a la Humanidad: el origen de la pizza.
Según uno de mis muy alegres compañeros de cervecillas, el origen de tan conocido plato no está en Italia, sino que procede de Extremadura. Concretamente de Emerita Augusta, donde está el teatro romano, que es lo que hoy llamamos solo Mérida para ahorrarnos letras en los carteles de las carreteras.
Como extremeño ario, el defensor de esta hipótesis, cree que el descubrimiento pudo hacerlo durante algún verano un legionario que estaba haciendo la mili en la Legión X Gemina. el chaval llevaría en la mochila un bocata de tomate con un chorrito de aceite, en pan untado con queso, probablemente de Villanueva de la Serena.
Entonces el soldado, que ese día estaba de permiso, se fue al teatro romano a un concierto de algún grupo de música de la época y, esperando en la cola para comprar la entrada, puso la mochila en el suelo y se sentó sobre ella.
Al ratillo, entre la caló que pega en Extremadura en verano y la propia del trasero del legionario, pues se inventó la pizza.
Insiste el defensor de tan peculiar hipótesis en que por eso la primera especialidad de pizza fue llamada vattene affanculo, que en italiano es como se manda a alguien a tomar por la retaguardia, en honor al trasero del legionario y a lo lejos que estaba Extremadura de Roma.
Además, asegura que en una excavación realizada en Mérida por el Departamento de Arqueología de Pizza Hut, encontraron el fósil de un joven jinete aún subido a su caballo, que sin duda era un repartidor de pizza porque llevaba unas sandalias bastante cutres, un yelmo en la mano y, según reveló la autopsia, el caballo tenía gases.
Y eso sí es un indicio serio porque los únicos que llevan deportivas pestosas, el casco en la mano y el amoto a escape libre son los repartidores de pizza.
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