Heroico episodio este fin de semana en un conocido loungue en plan chill out de la Golden Mile, donde estuve tomando unas cervecillas purificadoras.
Les advierto que yo ya me temía lo peor, porque cuando en mi barrio les ponen muchas palabras en extranjero a los sitios y el camarero de Coín te habla con fingido acento británico, es que la cosa va a ser cara.
Y cuando pido la cuenta pues pasa lo que tenía que pasar, que te la traen. Pero yo soy un nativo de la Golden y, por tanto, experto en vivir por encima de mis posibilidades y en fingir quien no soy.
Miro la facturilla con el desdén de aquel que sabe que no tiene problema para pagarla, como si fuera un saudí durante una noche de julio en Banús. Le pregunto al camarero si ese número es lo que se debe o el CIF de la empresa.
No pierdo la calma, nervios de acero. Saco la cartera y, sin mirar siquiera, le entrego la primera tarjeta de crédito que encuentro de entre las múltiples que, se supone, llevamos los de la Golden; pero me la devuelve indicándome que es la del Videoclub.
Ahora ya miro, busco y le doy la Visa. Habría preferido la Mastercard pero la última vez que la saqué para pagar en una tienda del centro, se soltó del TPV y salió corriendo por Ricardo Soriano gritando “¡a mí no, a mí no!”; jamás volví a verla. Traidora y cobarde.
Pero mi Visa no es así, su lealtad es inquebrantable y siempre está dispuesta al sacrificio aunque el TPV la rechace tanto como los alemanes a las tropas británicas en Dunquerque.
Y así fue como la vi la última vez, en la mano del camarero dirigiéndose hacia la barra sin mirar atrás, con la abnegación de los que aceptan la fatalidad de su destino como héroes. Cuando se alejaba iba cantando el "Novio de la Muerte". Fue muy emocionante.
Ya solo queda que me pase por el lounge a pagarles para que me devuelvan su cuerpo y poder realizar el funeral castrense con honores de ordenanza que merece. Porque vivos o muertos, todos mis soldados vuelven a casa (John Rambo. Libro I, Cap.II, Tít. IV).
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