Qué experiencia más gratificante es la de pasar en verano ante esos clubes de playa para turistas guiris donde todo es lujo y devastación; lugares en los que la privilegiada jet retoza en amplias y mullidas camas redondas mientras bebe champán francés a pesar de los gases que provoca.
Cuando voy por el paseo marítimo y paso ante un Pijo’s Beach donde las cañas cuestan 7 euros, suelo pararme a observar al grupo de nativos y de turistas nacionales que, ante la valla blanca que siempre ha dividido al mundo entre pringados y privilegiados, sigue con atención las costumbres y hábitos de los que viven en la zona VIP del planeta.
Algunos hace fotos, o selfies en los que, al fondo, siempre se adivinan camareros de librea sirviendo sofisticados cócteles que solo saben a coco o a piña de bote pero que son muy bonitos y muy caros.
Recuerda sin duda a los safaris fotográficos de National Geographic, cuando al atardecer puedes ver a los leones salir a cazar en la sabana, siempre con el excitante riesgo de acercarte demasiado para terminar convirtiéndote en la presa y que te sableen 14 euros por dos cervecillas. Y ni aceitunas ni quicos ni ná de ná.
Sobre las exuberantes tumbonas, valkirias de la misma condición con cara de ir por la vida oliendo un limón, hartitas ya de ser tan guapas, tan divinas, tan chic. Porque vivir bien también agota.
A veces alguna lanza una rápida mirada sobre los vulgares mortales que habitamos al otro lado de la seguridad de la valla blanca. Y hasta da la sensación de que podrían lanzar algún trocito de algo al público, como si se tratara de un zoo invertido en el que los que están dentro de la jaula alimentan a los de fuera.
Personalmente yo jamás rodearía con una valla blanca un Pijo’s Beach. Lo suyo es poner cristal para que los que estamos en el lado pobre podamos pegar la nariz como si fuésemos niños ante una tienda de juguetes en víspera de Reyes.
Además, las babas se quitan mucho más fácil del cristal que de la madera.
Comentarios potenciados por CComment