Como saben, yo siempre he sido un gran demócrata y fiel cumplidor de los dogmas de la corrección política, pero aún me encuentro con personas e instituciones que siguen discriminando y no aceptan la igualdad entre hombres y mujeres.
Eso le pasa por ejemplo al Derecho Marítimo, nido de machistas irredentos en el que llaman a salvar primero a las mujeres y a los niños en caso de naufragio. De hecho, siempre he creído que, en el dramático hundimiento del Titanic, aquellos caballeros que se saltaron la discriminatoria norma, no eran bellacos sino pioneros de la igualdad por razón de sexo, tanto en la vida como en la muerte.
Es verdad que lo de los críos es otro tema; aunque les digo una cosa, ahí la culpa es toda del padre. ¿A quién se le ocurre irse de crucero y llevarse a la mujer y a los niños? Hace falta ser bobo. A esas cosas se lleva uno a la querindonga, que si luego hay tragedia en el mar, no se queda uno sin familia, que eso es muy triste.
Y, volviendo a lo de la igualdad por sexos, yo siempre he sido un precursor, un adelantado a mi tiempo. A lo largo de mi vida nunca he cedido el asiento a una mujer ni, por supuesto, les he permitido pasar primero. No he sido uno de esos machistas al pedir la cuenta en restaurantes y bares por eso, siempre que las convencía de mis principios democráticos, invitaban ellas. Es cierto que los gastos deberían ser a mitad, pero está claro que hay cosas que las mujeres hacen mejor que yo, pagar es una de ellas.
Hasta tal punto he sido pionero en esto de la igualdad, que jamás he podido casarme porque ninguna candidata estuvo dispuesta a comprar el anillo a escote.
Pues fíjense lo que es la vida, desde siempre me han llamado grosero, cutre, aprovechao o gorrón, cuando lo que era, como demuestran los hechos, es un gran demócrata. La Historia no siempre es justa con los grandes hombres.
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