Siempre me ha parecido una injusticia inenarrable lo de que existan parques para que jueguen los niños, otros para que paseen los perros y hasta parques acuáticos, que debe ser donde uno lleva a sus peces a bañarse, y que, sin embargo, los ciudadanos normales y corrientes con severas taras psicológicas no tengamos un espacio de ocio para nuestras circunstancias.
Echo de menos un lugar acondicionado y vallado donde poder llevar a pasear mis miserias y desgracias. Un sitio donde interactuar con tus vecinos para hacer ciudad, donde comentar cómo te maltrata tu banco mientras el del 3ºB te cuenta que a su cuñado, tras llevar desaparecido varios años, le han encontrado momificado en la sala de espera del servicio de urgencias de un hospital.
Sé que, al igual que yo, muchos lectores añoran ese espacio de y para la comunidad, unos pocos metros cuadrados donde hacer urbanidad, un lugar en el que todos podamos mostrar la factura de la luz o del teléfono para compartir, de modo solidario y democrático, nuestra indignación con otros pringados.
Ese espacio de libertad en el que, blandiendo al aire los últimos recibos de la hipoteca, cualquiera pueda poner a parir con impunidad al sistema financiero e invitar a otros parias de la tierra a la sublevación violenta sin que te detenga la policía, te suban el IBI o te llegue una notificación de Hacienda. Al fin y al cabo, hacer comunidad no es otra cosa que compartir.
Por supuesto sería un espacio de libertad sin árboles ni farolas, que los vapuleados por la vida son muy dados a dramatizar, se traen una soga de casa y la liamos.
Además les digo una cosa, es de cobardes escoger el camino fácil para escapar a tus miserias y desgracias porque, al igual que las mascotas, como cualquier perro fiel, ellas jamás te abandonan.
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