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Ser déspota es más divertido

Milton

Jueves, 11 de Mayo de 2017

Ayer me hicieron una pregunta interesante cuando me interrogaron sobre cuál era mi ideología política y si había algún partido al que me sintiera más cercano.

A decir verdad el asunto no tenía fácil respuesta porque una vez que fui a votar y al llegar vi esos montones de papeletas de gratis, me las llevé todas para intentar venderlas al peso, sin embargo me detuvo la policía acusándome de un delito electoral. Porque eso es lo que suele pasar con estos políticos que son demócratas de boquilla, que cuando vas a ejercer tu legítimo derecho al sufragio te reprimen utilizando a las fuerzas del régimen.

En otra ocasión, en unas municipales, como no me convencía ningún candidato, me voté a mí mismo y como no tenía papeletas, escribí mi nombre en varios post it para ver si así alcanzaba la mayoría absoluta.

No hubo suerte, uno de la mesa electoral dijo que eso no valía y que no aceptaba los cinco euros de propinilla que pretendía darle por lo bajini. Al final, invalidaron mis votos. Golpismo puro y duro.

Por eso puedo afirmar que hoy soy un demócrata desencantado, aunque tiene su parte buena porque eso me permite abrazar el despotismo absolutista, que es más divertido.

Es que lo de ser demócrata estaba muy bien y, de vez en cuando, hasta se ligaba, pero había que estar a lo que decía la mayoría y si elegían San Miguel, pues San Miguel, cuando la buena es Cruzcampo.

Es cierto que todo buen déspota se arriesga al derrocamiento, como cuando mi pandilla dijo de ir a un bar que a mí no me gustaba pero decidieron por mayoría y me dejaron solo, condenado al exilio. Eso es lo que nos pasa a los buenos déspotas, cuando dejas de fusilar a la gente al amanecer, se te llena el patio de comunistas y masones.


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