Nunca he sido una persona especialmente religiosa y aún menos mística para creer en cosas como el retorno desde el más allá, salvo que sea desde Ojén, claro está. Pero la pasada noche me atacó un mosquito y he empezado a plantearme la vida de otra forma.
Estaba yo bastante ocupado durmiendo cuando me despertó ese leve pero insistente zumbido del mosquito rondándote la oreja, un clásico de las noches de verano. Porque los mosquitos son bichos muy cabroncetes y además de atacarte, picarte, causarte una erupción cutánea y chuparte la sangre con casi tanta maestría como tu banco, tienen que despertarte.
Di los habituales e ineficaces manotazos al aire y, a cada acometida de mi mano, creí oír hasta los “¡olés!” del respetable mientras el mosquito esquivaba con diestros capotazos mis acometidas. En ese momento sentí un leve pinchazo en la pierna. Maldición, el maestro traía banderilleros, recé para que fuera una cuadrilla de las de plaza de tercera, sin picadores.
Encendí la luz para acabar con él aplastándolo entre mis manos, pero solo logré dar sonoras palmadas que me parecieron respondidas por nuevos “¡olés!”. Hasta me dio la impresión de que el mosquito saludaba al tendido.
Es entonces cuando se para en medio del dormitorio, me mira fijamente, silencio en la plaza. Se lanza. Un par de kikirikís con la muleta para esquivar mis manotazos, lances sueltos pero elegantes, aunque con maneras siempre dentro de la ortodoxia. Entra a matar decidido, estoque alto y picotazo brutal en el cuello.
Cuando sentí ese molesto dolor punzante supe enseguida que se trataba de los famosos pellizcos de una de mis ex, concretamente de Encarna, que había vuelto del mundo oscuro para vengarse. Porque ella es del norte y allí no pega el sol en la vida.
A algunos puede parecerles una tontería pero tengo más pruebas: el mosquito cenó a mi costa, me chupó la sangre, como cuando salíamos y me tocaba a mí siempre pagar las cenas y las copas. Además, las palabras no mienten, ¿qué es sino el regreso de Encarnación? La reencarnación.
Lo único es que cuando salía conmigo no sabía torear.
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