Ahora que llega la primavera y las especies tienden a aparearse de modo compulsivo y en manifiesto concubinato, muchos se preguntan cómo sabe alguien si está enamorado.
La respuesta es sencilla: cuando tienes gases. Es algo que he descubierto recientemente. Durante una sobremesa me encontraba en un estado de reflexión introspectiva inducida por el Jumilla tinto, cuando noté que me dolía el corazón. Como me habían invitado y ni tan siquiera había visto la cuenta, descarté de inmediato que se tratase de un infarto. Deduje que estaba enamorado.
Es cierto que hay otros indicios que permiten sacar la misma conclusión, sobre todo con románticos como yo. Que la gachí sea inmensamente rica, partidaria del régimen económico matrimonial en gananciales y que esté plagada de enfermedades mortales, también puede apuntar a un enamoramiento. O que se trate de una muy exuberante valkiria que solo piense en colmar su insaciable lujuria con mi cándido cuerpo es otro indicio aceptable.
Pero sin duda lo que, con toda claridad, te señala como víctima del amor es ese pinchazo a la altura del corazón, que no es la flecha de Cupido, sino los gases que produce la excitación romántica en el estómago.
Y eso, auténtico amor, fue exactamente lo que sentí en aquella sobremesa, tras los tres platos de judías pintas con chorizo y morcilla picante. Fue una pasión desbocada, un estado de ánimo gaseoso tan intenso como fugaz que termina abandonando tu cuerpo como una exhalación.
No me importaron las quejas de mis compañeros de mesa, ni atendí a sus recomendaciones de que me fuera al cuarto de baño a dar rienda suelta a mi pasión.
Les digo una cosa, no me extraña lo de la cantidad de divorcios que hay si la gente se va al baño para expresar su amor. ¿Qué ha sido del romanticismo?
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