Otra vez me he quedado esperando la llamada del presidente para pedirme que me hiciera cargo de algún ministerio. Y eso que con Pedro estaba cantado, porque ha llegado a La Moncloa en plan Jesucristo, multiplicando las carteras ministeriales como si fueran los panes y los peces.
Miren que ya se lo recomendé a Mariano en su momento, que le dije que creara el Ministerio de Pringaetes, que somos los más numerosos en el país, un nicho de intención de voto decisivo. Por supuesto conmigo al frente, porque esta sería una de esas carteras en las que hay que predicar con el ejemplo.
Aunque la falta de visión política y de altura de miras, que a mí me gusta mucho eso de la “altura de miras”, ha impedido a ambos presidentes calibrar correctamente la necesidad de un departamento ministerial que se ocupe de los asuntos que interesan a los pringados de este país, que somos una mayoría aplastante, silenciosa, dócil, pero no por ello poderosa.
Actualmente el pringado medio solo encuentra silencio ante sus habituales dudas existenciales: por qué pago más impuestos que las grandes fortunas; por qué la factura de la luz sube cada vez que enciendo el mechero. O bien, la gran incógnita vital del pringado, ¿de verdad la “banca amiga” tiene que cocerme a comisiones?
Es obvio que hace falta un ministerio para dar respuestas a esas angustiosas interrogantes. Alguien, a nivel de secretario de Estado o director general, con coche oficial con chófer, diestas y todo eso, que explique la relevante labor social del pringado. Incluso su dimensión filosófica porque, al igual que la oscuridad no puede existir sin la luz, ni el lado oscuro sin la Fuerza, los espabilaos no existirían sin los pringados.
Un buen gobernante no debe abandonar a los pringados a su suerte, al menos no hasta haberlos esquilmado completamente. Te pones en plan líder demócrata, les das un poco de vidilla y a los cuatro días te montan una revolución y te echan. Porque les digo una cosa, entre los pringados hay mucho desagradecido, y hasta comunistas.
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