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Leyendas urbanas

Milton

Lunes, 17 de Abril de 2017

Quienes me conocen saben que yo soy una de las personas que tiene más suerte del mundo, porque no la he gastado en mi vida.

Es más, no es que la suerte me sonría, es que se carcajea de mí abiertamente y si el azar tuviera manos, seguro que me daba collejas.

Sin ir más lejos, el otro día voy a arrancar el Miltonmóvil y nada, muerto: la batería. Movida total para encontrar a alguien con cables para poder arrancarlo y, cuando lo consigo, no hay luz en el edificio y no se abre la puerta del garaje.

Aún así, no me dejé arrastrar por el desánimo y, tras varios segundo correteando por el parking mientras daba gritos y maldecía mesándome los cabellos, decidí que era uno de esos momentos en que un hombre debe tener valor; me dirigí a la parada del autobús. No era tan grave, cuentan los mayores del lugar que hubo una vez un elegido que no llegó a esperar ni cinco minutos antes de que llegara el Portillo, aunque yo siempre he creído que era una leyenda urbana.

También he oído esa otra que dice que en la Villa Romana de Río Verde encontraron el cuerpo fosilizado de un corneta de la IX Legión, la “Hispana”, misteriosamente desaparecida en la época de Adriano. Cuentan que fue encontrado en la parada de quadrigas que había allí y que, en su mano derecha, aún sujetaba el billete hasta Marbésula expedido por la empresa que tenía entonces la concesión imperial del transporte público, “Portillus”.

Sin embargo, el destino tiene sentido del humor y la verdad se impuso al aparecer en menos de esos cinco minutos el autobús, que aparcó suavemente para recogerme. Hasta mi mala suerte empezaba a parecerme una leyenda urbana. El conductor, con exquisita amabilidad, me dio las buenas tardes, pero entonces, cuando fui a pagarle me di cuenta de que sólo tenía un billete de 50 euros.

Lo último que recuerdo es al autobús alejarse mientras el conductor se carcajeaba y no dejaba de repetir, "qué mala suerte". Los pasajeros se arremolinaban en la parte trasera para hacerme cortes de mangas y señalarme con el dedo mientras reían.

En ese momento supe que aquel corneta de la IX Legión era sin duda antepasado mío.


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