Me estoy planteando seriamente lo de mudarme de barrio y abandonar la Golden Mile. A veces, tanto lujo, sofisticación y derroche, tanta gente guapa, rica y feliz, tanta mamá de buen ver en Porsche Cayenne, pueden confundir y hacerte olvidar quien eres realmente.
Y esta profunda reflexión viene al caso porque, estando el otro día en uno de los sitios pijos de la zona, de esos de cañas a 3 euros en los que solo hay valkirias de importación con morritos colagenados y larga melena rubia que les cae descuidadamente sobre las prótesis de silicona, llegó el camarero y, para limpiar la mesa, pasó un aspirador de mano.
Ante aquella abominación no tuve más remedio que obligar al empleado a arrodillarse y, poniendo mi mano de derecha sobre su frente, ordené a las fuerzas del mal que abandonasen ese cuerpo inocente permitiéndole que volviera a la luz y recuperar la fe en la Vileda pringosa.
Porque a veces eso es lo malo de la Golden, que con tanta suntuosidad, los débiles de carácter se pierden y olvidan lo que es importante.
Aunque muchos no lo consideren preocupante, como no hagamos algo para conservar la esencia de nuestra civilización, un verano de estos, cuando vayan al chiringuito, encontrarán que ya no hay manteles de papel, ni sillas de plástico de Cruzcampo, los camareros no llevarán camiseta, chanclas y pantalones cortos, te tratarán de usted y las coquinas se comerán con cubierto. No quedarán señoronas de Madrid regateando con el senegalés el precio del bolso falsificado y es posible que hasta el arroz de la paella no esté pasado.
A aquellos que piensen que exagero quiero preguntarles algo: ¿creen que los chanquetes eran conscientes de su extinción y de que serían sustituidos por replicantes fabricados por los chinos, como en Blade Runner? Más aún, ¿son los chanquetes replicantes conscientes de sí mismos?
Ahí les dejo esas preguntas para que mediten sobre ellas.
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