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Batalla perdida

Milton

Viernes, 14 de Abril de 2017

Ayer jueves, a pesar de estar en el cenit de la invasión borjamari turistoide semanasantera, volví al supermercado a reponer víveres y pertrechos.

No era un mal día para librar esa batalla, era el peor. Pero vivir en la Golden Mile es como estar en los Marines, no es una profesión sino una forma de vida.

Sabía que tendría que enfrentarme a hordas descontroladas de señoronas con pareos y sombreros que hacen la compra cuando vuelven de la playa. También era consciente de que habría que sortear a cientos de niños pringando de arena que corretearían chillando por los pasillos del súper. En ocasiones he visto acumulada tanta arena de playa en el suelo que, cuando entro a comprar, me siento como si estuviera desembarcando en la playa de Omaha junto al soldado Ryan.

Además, iba a tener que utilizar el ingenio para hacer frente al previsible desabastecimiento, porque los turistas cuando hacen compras en Semana Santa no las hacen pensando en cuatro días de fiesta, sino como si se tratara del Grupo Logístico de La Legión pertrechándose para alimentar a las tropas que salen con el Cristo de Mena.

Y para terminar habría que alcanzar la caja, que siempre que me pongo en la cola con mi barrita de pan y las seis cervezas, se me saltan las lágrimas al ver el puñao carritos cargados hasta los topes que tengo por delante. Alguna vez, cuando ha llegado mi turno, ya me había terminado el pan y bebido las cervezas para sobrevivir.

Aún en esas adversas circunstancias, tenía la determinación de cumplir mi misión; pero al llegar al párking del súper y ver esa cantidad de coches y el mogollón de gente entrando y saliendo, supe que mi sacrificio sería inútil. Me rendí a unos turistas de Alpedrete y me volví a mi casa evitando el innecesario baño de sangre. He perdido una batalla, pero no la guerra.


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