Porque la gente es muy irresponsable, pero yo lo de la amenaza terrorista me lo tomo en serio y asumo el nivel 4 de alerta, no como algo excepcional, sino como una forma de vida.
Ayer, sin ir más lejos y como siempre, me acerqué al buzón a recoger el correo provisto de mi equipo de artificiero porque nunca sabes dónde te van a atacar, Dentro había un sobre sospechoso y, tras examinarlo intentado no hacerlo detonar, lo abrí con sumo cuidado.
Efectivamente, se trataba de un ataque: la factura de la luz, con el peligrosísimo y explosivo componente de la “lectura estimada”. Un palo horroroso.
Sobreviví al susto pero, al volver al Milton Palace, me encontré con una nueva amenaza de nivel 4: varios niños correteaban por el jardín junto a mi puerta.
Llamé inmediatamente al teléfono que ha puesto el Ministerio del Interior para denunciar a sospechosos de yihadismo y les expliqué que, para mí, se trataba de un comando de integristas del polo, de esos a los que los papás yihadistas les compran un polo de fresa para que no molesten y van poniendo perdido a todo hijo de vecino con el que se cruzan, de modo indiscriminado, sin respetar siquiera a los inocentes. Qué crueldad.
Pero donde más se nota el nivel 4 de alerta antiterrorista es en el tráfico, con todos los turistas con los coches alquilados haciendo giros suicidas en Ricardo Soriano. De hecho, el otro día vi a uno cruzando una calle peatonal del centro con el coche y supe que era uno de esos terroristas que atropella a la gente. Es cierto que iba muy despacio, pero para mí que se acababa de sacar el carné. Verán cuando pase un año y se quite la “L”.
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