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Empleo decente

Milton

Sábado, 20 de Julio de 2024

Pues me da un poco de vergüenza reconocerlo pero como me debo a la veracidad, a la objetividad y a la promiscuidad, mi obligación es informar a mis lectores de que ahora, además de éste, tengo un trabajo decente.

La verdad es que siempre me había preguntado cómo le pueden pagar a alguien por decir estupideces y luego escribirlas, hasta que un día cayó en mis manos un ejemplar del Boletín Oficial del Estado y lo entendí.

Y lo que aún me da más cosa pero confieso igualmente con la sinceridad que me caracteriza: tengo que levantarme temprano para ir a trabajar. Lo sé, una vulgaridad impropia de caballeros.

Los primeros días fueron los peores. Me atormentaba la incertidumbre de lo que me podía encontrar por las calles a las nueve y media de la mañana y temía que, de camino al empleo decente, me atacara un león o un empleado de banca. No se lo tomen a broma, que le pasó a un cartero de Guinea Conakry y cuando lo leí en la prensa pensé, “tate, eso te pasa por tener un trabajo decente”.

El primer día, sin saber lo que me podía encontrar a esas horas, salí de mi gruta dispuesto a enfrentarme a cuantas adversidades hubiera en mi periplo hacia mi decente puesto de trabajo. Bajando desde las Tierras Altas me topé primero con un empleado municipal de Limpieza y, por supuesto, me hice un selfie con él para demostrar a mis amigos que existen y que lo de que Marbella esté hecha unos zorros tiene también que ver con los que habitamos la zorrera.

Minutos después, cuando ya me disponía a atravesar el Casco Antiguo, me topé con varios turistas extranjeros. Les abracé y les di la bienvenida a la Tierra. Que tengan claro que no somos hostiles.

Continué mi andadura y al pasar por el cajero automático de Abarca y Devora Ltd. Bank aproveché para sacar dinero. Evidentemente no me dio ni los buenos días con el habitual mensaje de “tienes menos dinero que el sastre de Tarzán a fin de mes. ¡Pringao!”. Si bien, sospecho que fue porque a esas horas los cajeros automáticos como Dios manda están todavía durmiendo. Para mí que ya tienen lo de la jornada de treinta y siete horas y media.

Sano y salvo, ese primer día llegué a mi decente puesto de trabajo y, desde entonces, cumplo escrupulosamente mis obligaciones laborales: quejarme del horario, de lo mucho que trabajo, conspirar contra el empresario, estudiar en internet los posibles motivos de baja laboral y escaquearme todo lo posible.

Porque les digo una cosa, esto de proletarizarse no significa solo derechos, también conlleva unas obligaciones y un compromiso con la sociedad.


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Por Fin