A pesar de que todos saben que yo ni miento ni exagero, si les cuento lo que he estado haciendo hoy, les costará creerme.
He visto un partido de fútbol por la tele. Pero de los de verdad, de esos en los que hombres adultos vestidos en ropa interior de vivos colores corretean por una verde llanura persiguiendo una pelotita.
Es cierto que yo nunca he sido aficionado ni a los deportes ni al fútbol. Y los que me conocen saben que considero lo de darle con el pie al balón una actividad bastante boba, sobre todo en casos como el de hoy, cuando ambos equipos han metido el mismo número de goles en la portería del equipo contrario. Obviamente, los que somos grandes intelectuales, nos preguntamos siempre para qué lo hacen. Si van a quedar iguales, mejor haberse ido de cervecillas y ya está; te ahorras el esfuerzo con tanta patada y tanta carrera.
Por otro lado, debo insistir en que hay deportes y deportes; unos son apropiados para caballeros, otros, como el fútbol, no lo son. Fíjense que, como ya he comentado en otras ocasiones, los futbolistas aprovechan los goles para abrazarse, arrullarse, hacerse carantoñas y retozar sobre el césped de un modo muy inapropiado entre caballeros.
Y no es que me venga a la memoria el “Prestige” por la cantidad de aceite que perdía, sino que pienso, por ejemplo, en la esgrima, un ejercicio en el que nunca he visto al ganador hacerse mimos con el contrario al que acaba de ensartar con su florete. O en el duelo con pistola de avancarga, elegante actividad en la que dos caballeros vestidos de etiqueta, y con sombrero, se disparaban al pecho al amanecer con pistolas de grueso calibre para solventar afrentas de honor. Aquí me pasa lo mismo que con los toros, aún no entiendo cómo ambos deportes no son disciplinas olímpicas.
Acepto también lo del lanzamiento de jabalina, martillo y disco, a pesar de lo difícil que resulta acertar a los árbitros, que se resisten a quedarse quietos; pero la cobardía de unos no empaña el noble empeño de estos atletas por golpear a su enemigo con un objeto contundente desde larga distancia, al igual que hiciera Aquiles durante la guerra de Troya, cuando se fue a buscar a la mujer de su rey, que era un poco pelandrusca y se fugó con el príncipe de Troya.
Fíjense que en las primera Olimpiadas en Grecia, que debieron ser las más divertidas de todas, no se jugaba al fútbol. Por algo será.
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