Les digo una cosa, cada vez que alguien se me pone en plan gran demócrata con lo del principio de igualdad, pienso en la discriminación que sufren los pobres pollos, víctimas precisamente de esa despótica perversión igualitaria.
Años atrás, cuando los pollos te los vendían con cabeza, era facilísimo saber quién es quién. Que yo he visto a más de una señorona de la Golden Mile, con su abrigazo de pieles, viniendo de la compra cargada de bolsas del supermercado de El Corte Inglés y le echabas de reojo una mirada al pollo que traía y no engañaba ni a un vendedor de la ONCE.
Con esos ojos tristes y el aspecto mustio, que ese bicho no había visto El Corte Inglés ni en el cine. De los que les sobraron al Pryca cuando cerró en los noventa, que se cree esta que lo mete en una bolsa de la Boutique del Gourmet y va a engañar a alguien. Si ya lo dice el refranero, “las de la CUP vestidas de Chanel, de la CUP se quedan”.
Luego, sin embargo, cuando te cruzabas con alguien al que le asomaba por la bolsa de la compra un pollo lustroso de cabeza erguida, mirada desafiante y un cierto rictus de injustificada arrogancia en el pico, sabías inmediatamente que era de los de un supermercado de la Golden Mile de verdad. Eso era prueba inequívoca de que el portador de la bolsa era rico, fingía o trabajaba en el servicio doméstico y venía de hacer los mandaos.
Y lo más de lo más cuando los pollos se vendían con cabeza era irte a comprarlo a Puerto Banús. Porque al igual que los perros se parecen a sus dueños, los pollos se parecen a la gente que los compra.
Los pollos de Banús eran exuberantes. Sus ojos inertes conservaban aún esa mirada de malicioso desdén con la que las hembras voluptuosas desprecian al mundo. Sus picos se antojaban más rojizos, casi como si llevaran carmín, concretamente el Rouge Dior Collection Couture; pestañas inusualmente largas, muslos firmes unidos por una sutil cintura de avispa. Y las pechugas, mejor ni hablarlo, que para mí que les ponían silicona y hasta botox en el pico, que Banús es mucho Banús. Me recordaban a esa novia que tuve que siempre me decía, "cariño, tocando es otro precio". Pa mí que no me quería.
Además, empaquetados de lujo, en bandejitas con sus lacitos de colores, como si fuera el desfile de Victoria's Secret, pero con pollos. Fíjense si eran de alto standing que un conocido se compró uno para asarlo por Navidad y terminaron teniendo un affaire. Que cuando me lo presentó y le dije que el pollo estaba muerto se negó a reconocerlo e insistía en que solo tenía la tensión baja. Ahora dice que es viudo.
Pues todo ese glamour, todo ese distinguido encanto, a tomar viento por la puñetera manía de la igualdad. Y les digo una cosa, es una interpretación errónea de los principios democráticos porque, cuando la Revolución Francesa, pasaban por la guillotina a la nobleza y a la realeza, pero a los pollos los dejaron en paz.
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