Pues no hace mucho me pasó algo dramático que ha dividido mi vida en antes y después. No he querido hablar de ello hasta pasado un tiempo porque el recuerdo, aún hoy, resulta demasiado doloroso para mí.
Fue un día que, inusualmente, estaba en la terraza de un bar y se me cayó una copa de vino tinto en el pantalón. Justo en esa parte del pantalón donde peor queda una mancha.
En ese momento de nervios y viendo que podía perder toda la copa de jumilla, retorcí la prenda en tan delicada zona para intentar arrancarle unas gotas del preciado elixir. La mala fortuna hizo que no calculase bien lo que retorcía y, tras el agudo dolor que subió desde las partes íntimas hasta la garganta, se me quedó la voz como un poco más aguda, como de cantar en plan Michael Jackson.
Entonces uno de los camareros apareció con un vaso de tónica, que dijo que era lo mejor para quitar las manchas y, sin mediar palabra, me la arrojó ahí mismo. El líquido helado en una zona tan sensible fue molesto, pero lo de los cubitos de hielo fue peor. ¡Ah! y la rodajita de limón, que se quedó como si fuera un taparrabos sobre el pantalón, resultaba poco decorosa.
Un cliente del bar dijo que para acabar con manchas difíciles lo único que servía era la leche. Los allí congregados coincidimos en que el decoro impedía tal posibilidad.
No obstante, fue peor el remedio que la enfermedad porque apareció solícito el jefe de sala con el bote de Micebrín que acababa de comprar en el chino de la esquina. Sin darme siquiera tiempo para contener la respiración, me soltó el gélido chorreón en mi misma virilidad y, de pronto, me hice mejor demócrata, como más comprensivo con eso de salir del armario, que hasta se me antojaba que Penélope era un nombre que me pegaba.
La incómoda situación parecía tocar a su fin, incluso empezaba a escocerme menos y mi piel iba perdiendo el elegante tono amoratado de la congelación. Hasta que me percaté de que el quitamanchas se ponía blanco al secarse y, mirándome ahí mismo, se me antojaba la entrepierna del Yeti.
De esa guisa me encontraba cuando aparecen unos policías y me preguntan si me parecía bonito hacer esas cosas en medio de la vía pública. Les expliqué que no era lo que pensaban y les invité a frotarme en la mancha si querían comprobarlo ellos mismos. El juez tampoco me creyó.
De eso hace tiempo, pero aún hoy, cuando recuerdo el embarazoso episodio, sigo pensando que Penélope, me pega.
Ratio: 5 / 5
Comentarios potenciados por CComment