Disgusto me han dado, y con la Navidad casi encima. Después de tanto tiempo juntos, se me ha muerto la tarjeta de crédito. Mi querida Visa Temblorosa.
Los de mi sucursal de Abarca y Devora Ltd. Bank, dicen que no tengo que tomármelo tan a pecho, que todas las tarjetas caducan y que no hace falta venir de riguroso luto a la sucursal para devolverla.
Hasta me sugirieron que yo mismo la cortara en pedazos con unas tijeras en mi propia casa. Desalmados, como si yo fuera Milton el Destripador. Invité al interventor a coger él las tijeras y hacer lo mismo con su suegra. Me ofreció dinero si le proporcionaba una coartada.
Admito que soy un sentimental, pero no puedo olvidar cómo mi pequeña temblaba de pavor cuando veía un Tpv; con su chip inteligente, que le daba esa vocecita tan graciosa, siempre que tocaba pagar imploraba “Virgencita, Virgencita, que haya saldo, que nos van a correr a gorrazos”. Y cuando salía lo de “operación aceptada” hacíamos fiesta y, a veces, hasta tomábamos champán. Bueno, ella no porque ya saben lo que les pasa a las Visa, que son un poquillo puritanas y no pierden los papeles.
Recuerdo una de las muchas veces que me dejó tirado, en un biblioteca de Banús, cuando una muy exuberante valkiria que bailaba sobre la barra con un diminuto bikini se interesó por mí y yo quise corresponderla invitándola a la copa.
Pues nada, la Temblorosa que no y que no; por mucho que el camarero pasaba la tarjeta, rechazaba el cargo. Finalmente la chica, antes de irse a la otra punta del bar a bailarle el agua a unos guiris, me dijo que yo era un tieso y tenía menos dinero que el sastre de Tarzán.
Arpía interesada. Qué razón tenía mi Visa Temblorosa. Esa era una pelandrusca, y yo que pensé que se había enamorado. Seguro que solo pretendía instrumentalizarme para colmar su insaciable lujuria con mi cándido cuerpo. Como todas.
Mi Temblorosa, menos pagar, todo lo hacía por mí. Por eso ha sido duro entregarla en la sucursal.
Un oficio precioso, su cuerpo inerte cubierto con la enseña nacional mientras, a toque de caídos, los empleados del banco disparaban tres salvas de ordenanza y los jubilados en la cola de la caja cantaban "La Muerte no es el Final". El apoderado hasta se emocionó.
Siempre he creído que lo que une a un hombre con su tarjeta de crédito es un vínculo muy espiritual.
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