Días tristes estoy pasando desde que se me ha muerto la mascarilla. La mía, la de toda la vida, mi Fepepe 2 reglamentaria, auténtica made in China, que aguantó más allá de lo imaginable hasta que el peso de todos los coronaviruses acumulados en el filtro pudo con ella y se le rompió una de las gomillas de la oreja.
Y muchos saben de qué hablo, han vivido la misma luctuosa experiencia y, al igual que yo, han sufrido en silencio el óbito. Porque una pandemia une a un hombre y a su mascarilla tan íntimamente que ya el Gobierno se está planteando reconocerlos como pareja de hecho y darles una subvención.
Para mí que los que formamos este colectivo también deberíamos participar en el desfile del orgullo.
En mi caso el drama aún ha sido peor porque yo no soy de esos frívolos que cada semana tiraban su mascarilla y se compraban una nueva. Que uno haga eso con la pareja, malo, pero con la mascarilla, imperdonable. Que nadie olvide que la mascarilla te salva la vida y la pareja te la complica. Un auténtico hombre no le hace eso a su mascarilla.
Nosotros llevábamos juntos desde el comienzo de la pandemia hace dos años y medio, permanecimos fieles en todo momento, en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la pobreza.
Y cuando alguien me decía que mi Fepepe 2 parecía algo vieja, yo le recriminaba su ignorancia pues las pelotillas de tela que le habían salido en la superficie de tanto rozamiento no eran más que el resultado de mucho amor, porque el roce hace el cariño.
Además, las sutiles manchas de kétchup de cuando se me olvidó quitármela al comerme un Whopper con queso, el agujero a la altura de la boca para poder fumarme los puros respetando las normas sanitarias o la lista de la compra garabateada a boli en uno de los laterales porque no tenía papel a mano, no solo eran prueba palmaria de que una cosa es lo viejo y otra lo vintage, sino que contaban una vida juntos.
Así es la vida, China te lo da y China te lo quita. Valor.
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