Les digo una cosa, a pesar de que mañana es el Día de los Enamorados, se ha perdido mucho romanticismo. En mi época, yo siempre quedaba con mi pareja para invitarla a una cena romántica en un buen restaurante y en régimen de separación de bienes. Es decir, a ella le tocaba acoquinar la mitad de la cuenta.
Porque, al fin y al cabo, en eso consiste la igualdad de género: igualdad en derechos y obligaciones. Lo que pasa es que cuando le ven las orejas al lobo se les cae el discurso feminista. Lo digo porque mis ex siempre me han reprochado que lo de quedar a cenar en plan parejita y que yo apareciese con mi abogado, el notario y un auxiliar del juzgado de guardia le quitaba intimidad al momento.
Personalmente nunca pensé que esto restara validez a mi oferta de amor incondicional mientras ella fuera más rica que yo; pero todas insistían siempre en que lo de que el notario estuviese en la mesa del restaurante apuntando lo que cada uno consumía y sus correspondientes precios para que todo quedara claro, le quitaba como encanto a lo de la cena romántica.
Y luego, las flores. Las flores siempre eran un problema. Yo le llevaba su ramo de rosas con toda mi buena intención y lo único que pedía de ella es un reconocimiento jurado y firmado de que, si del ramo naciera algún nuevo capullo, que capullos nacen por doquier, lo único que reclamaba era mi 50% legal de la nueva plantación. Yo te regalo las rosas, pero no los hijos de las rosas, que tengo mis obligaciones como padre y no quiero que los vástagos me echen luego nada en cara.
Después, con los postres, estaba lo del regalito del colgante de plata. Y yo les ponía la escritura por delante, para que juramentasen que no eran licántropos intolerantes a este metal. Solo para que, de serlo, yo pudiera recuperar el colgante, devolverlo a la tienda y recuperar la pasta.
Pues todas decían que me faltaba sensibilidad, que en el Día de San Valentín las cosas no se hacían así, que los regalos se entregaban por amor, de forma incondicional.
Y siempre que llegábamos a este momento me iba con el notario, mi abogado y el auxiliar judicial al cuarto de baño para discutir las condiciones, pero todos coincidían conmigo en que esa era una pelandrusca que solo me quería por mi dinero.
Les digo la verdad, yo siempre lo sospeché. Las mujeres han perdido el romanticismo.
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