Al final admito que, aún siendo un outsider de la tecnología, no puedo vivir contracorriente, la modernidad me ha vencido y he tenido que cambiar de móvil. Echaré de menos mi teléfono de toda la vida que, con la gomilla para evitar que se le cayera la batería y la cinta aislante para sujetar la pantalla, recordaba a un herido de guerra de la batalla de El Alamein.
Ahora me han regalado uno nuevo de antepenúltima generación. De primera mano, sin usar, ni rastro de babas, ni cerilla del oído de un tercero. De verdad.
Los amigos que me lo han comprado por mi cumple se fueron a una tienda especializada y, tras comentarle al tendero mis necesidades y avanzadas habilidades digitales, les recomendó el Tontofunken 13.0, que hasta incluye un algoritmo de inteligencia artificial, aunque lo trae aparte en la cajita con el aparato, junto a una bengala de señalización marítima para casos de naufragio.
Pero no crean que la actualización digital de las comunicaciones se ha podido realizar de un día para otro. Roma no se construyó en un día.
El primer problema ha sido pasar la agenda telefónica, que cuando fui a un servicio técnico me preguntaron si todos los números los tenía en la tarjeta SIM o en el teléfono. Obviamente les advertí que en la tarjeta no deben estar porque mi sucursal de Abarca y Devora Ltd. Bank me cobra hasta por respirar y la última vez que me renovaron la tarjeta de crédito, le sacaron filo por si me animaba a cortarme las venas.
Al final no han conseguido salvar mis contactos, pero me han regalado una libretilla y un lápiz para que los vaya apuntando. Es la era digital, ya saben, de hacerlo todo con los dedos.
Sin embargo, a pesar de algunas objeciones técnicas, la verdad es que mis amigos tenían razón y ha valido la pena el cambio. Ahora tengo un móvil que, cuando alguien me llama, vibra. Y no crean que se me ha ocurrido metérmelo en el bolsillo junto a mis partes pudendas para ir a una cabina pública a llamarme a ver qué pasa. Eso solo lo haría un vicioso.
Por lo demás, es una máquina increíble, cuando me llaman nunca consigo hablar pero ya me he hecho ochenta y tantas fotos de la oreja.
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