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Pepe "Luí"

Milton

Viernes, 24 de Diciembre de 2021

Después de estar todo el mes insistiéndole al carnicero en que para esta Nochebuena quería un cochinillo fresco, pero fresco de verdad, cuando fui a recogerlo al mercado me lo entregó con su correita y las bolsitas para las caquitas.

Además, el carnicero me aclaró que le había puesto José Luis, en recuerdo a un abuelo que tenía en Logroño, no obstante dijo que podía cambiarle el nombre a mi conveniencia.

Sin embargo, por no herir la sensibilidad del carnicero, no lo hice. No obstante y para serles sincero, yo habría preferido Rin Tin Tin, porque José Luis recordaba lejanamente al famoso pastor alemán protagonista de la conocida serie televisiva de los años 70.

La verdad es que para ser un cochinillo, estaba un poco crecidito. Por eso le pregunté al carnicero si era seguro que el animal pesaba menos de cuatro quilos. Segurísimo, respondió no sin cierta indignación, lo que pasa, según me explicó, es que los cochinillos de hoy no son como los millennials de nuestra época. Ahora, desde casi recién nacidos, se atiborran de comida basura, refrescos con mucha azúcar y todo el día sin salir del establo con la PlayStation. Y luego vienen los problemas de sobrepeso y las madresmías.

Me disculpé por dudarlo, lo que pasa es que con la silla de montar parece como más grande, expliqué al carnicero.

Y para meterlo en el horno, ¿cómo se hace? Sencillo, dijo el sabio profesional de la alimentación: los cochinillos de ahora vienen con su llave allen, como los muebles de Ikea, se desmontan y se consumen por capítulos, como si fuera una serie de Nisflis.

Pues mira que bien pensado.

Pero la verdad es que en estos días previos a las fiestas, teniéndolo aquí en mi gruta de las Tierras Altas, empecé a cogerle cariño y, como siempre pasa cuando uno pone el corazón, me terminó decepcionando.

La otra mañana al levantarme, José Luis no estaba. Y se había llevado mi cartera. Realmente era un cochinillo fresco.

Aún hoy, reconozco que echo de menos como me daba la bienvenida al entrar por la puerta, sacando la lengua y meneando el rabillo. Yo le obsequiaba con alguna chuche y hasta le llamaba ya Pepe "Luí", que resulta más familiar.

Aunque fui incapaz de enseñarle a decir "¡guau, guau!".


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