Para serles sincero, toda la fina ironía, sutil crítica e inteligentes comentarios que estoy dedicando al tema de la independencia de Cataluña no es más que envidia.
Porque yo siempre he querido ser como Puigdemont, pero sin estar peleado con el peine. También soñaba desde niño con presidir mi propio país.
Aunque, a decir verdad, lo de la república me suena un tanto rojeras. Prefiero una monarquía. Absoluta, por supuesto.
Me veo entrando en la Encarnación ataviado con una larga capa para ser coronado mientras mis súbditos se arrodillan, desean larga vida al rey y sueñan con hacerme pasar por la guillotina. Caso contrario significaría que no cumplo mi despótico mandato con suficiente empeño.
Sería Milton I de la Golden Mile y III de Istán. No es porque conozca Istán, pero me suena bien el título; así que lo segundo que tendría que hacer es ordenar a mis tropas invadir el vecino municipio sometiéndolo por la fuerza tras un largo sitio. Lo primero es siempre trincar del erario público, por si se lo están preguntando.
Hasta tengo pensado lo del matrimonio de conveniencia para expandir el poder de mi reino. Contraería nupcias con la señora Trump. La actual por Dios, no la de antes. Porque ella y Donald se llevan de pena; estas cosas siempre las sabemos los que estamos en los círculos del poder.
Alguno puede creer que la aún primera dama de EEUU podría no tener interés en mí. Imposible. Si ya vive como una reina, yo le pondría el título.
Por supuesto también tendría querindongas, varias, a las que concedería títulos nobiliarios como el Condado del Vigil de Quiñones o el Ducado de MIraflores. A Puerto Banús no le correspondería título porque allí hay demasiadas reinas de la noche y no quiero problemas entre monarcas.
Y va el bobo de Puigdemont y se pide una república, cuando en la monarquía no hay que preguntarle nada al pueblo y, además, te dan una corona.
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