Les digo una cosa, no se crean que con lo del referéndum Ikea que se ha montado Puigdemont se ha terminado el problema. He descubierto que, al igual que los comunistas y los conspiradores judeomasónicos, los independentistas están por todas partes.
Ya advertí a la Guardia Civil de que uno de mis vecinos, que es mejicano, resultaba muy sospechoso porque en varias ocasiones me he cruzado con él y me ha confesado que venía de “botar la basura”. Por la boca muere el pez. Los sufragistas tienen tanto empeño en dar su opinión que no saben callarse.
También desconfío de un matrimonio amigo que me ha invitado a asistir a la ceremonia de renovación de sus votos. Estos son de los que ponen la urna en la iglesia, seguro que hasta el cura está en el ajo.
Y para culpable pecador secesionista, el director de mi sucursal de Abarca y Devora Ltd. Bank, que le pedí un crédito y me dijo que estudiaría lo de concederme un voto de confianza. Primo hermano de Puigdemont, fijo.
Casi a diario me topo con independentistas emboscados, realizando en silencio su labor de zapa entre nosotros para lograr el paraíso secesionista.
Hasta en mi zapatería de toda la vida han intentado subyugar mi voluntad, que la última vez que fui a comprarme unos zapatos para este invierno, el dependiente me preguntó si zapato o bota.
Por suerte llevaba conmigo el kit "Santa Inquisición 2.0" para realizar autos de fe a infieles, que compré en Leroy Merlin, y si no llega a aparecer la Policía Local atraída por el humo de la pira purificadora, habría liberado a ese pobre hombre del pecado.
Incluso ayer mismo, cuando volvía al Milton Palace tras una larga y agotadora jornada de no darle un palo al agua, me encontré a un grupo de críos jugando con una pelota que me resultó sospechoso. Les pregunté qué estaban haciendo y me contestaron que solo estaban botando la pelota.
Me lo temía, están adoctrinando a las nuevas generaciones. Rufianes sediciosos.
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